Veintitreses de febrero

Una conocida de origen ucranio me pregunta si aquí el día 23 de febrero ha sido fiesta alguna vez. Su curiosidad me sorprende. Le digo que no, pero insiste. Ha leído alguna cosa en uno de los diarios gratuitos que son su único enganche a su país de acogida. Algo relacionado con uniformes militares. Intento explicarle que, décadas atrás, hubo un intento de golpe de estado, pero tengo la certeza absoluta de que no me sigue. Tiene mi edad, pero su dominio del castellano es muy precario, por no hablar de su catalán, que se limita a la palabra adéu. Procede de una familia de campesinos rusófonos, y se siente antes rusa, e incluso soviética, que ucrania. Su marido emigró hace quince años y ella se reincorporó, junto al hijo de ambos, hace seis. Desde entonces no ha podido volver a su país. Pero ve a sus padres cada semana y habla con ellos por videoconferencia, Skype mediante. En casa, consume tele rusa y webs rusas, no escucha radio alguna y la única información de proximidad que le llega es la que intenta descifrar en la prensa gratuita que encuentra cada mañana en el autobús interurbano que coge para ir a trabajar. Su sección favorita es la previsión meteorológica, supongo que por la abundancia de pictogramas. El resto de información, más que leerla, la descifra. El alfabeto latino le resulta aún muy ajeno. Tras mi fallido intento de explicarle que unos militares intentaron dar un golpe de estado el 23 de febrero de 1981, le aseguro que en ningún caso se trata de algo que querríamos celebrar con una fiesta. O sea, que nanay. Que si los diarios que lee (y los que no lee y las radios que no escucha y las teles que no ve) hablan del 23F es para recordarlo, pero en ningún caso para conmemorarlo ni mucho menos aún para celebrarlo. Eso sí parece entenderlo. Me suelta que ya le extrañaba un poco, pero que ella, de niña, siempre celebraba el 23 de febrero con grandes festejos militares. Me intriga tanta confluencia de uniformes en la misma fecha del calendario y le pregunto que qué celebraba. Pero no lo sabe. O no lo sabe explicar.

Su inopia me lanza a buscar las clásicas colecciones de efemérides. Y topo con una lista lógicamente interminable de eventos, nacimientos y muertes sucedidos en 23F. Como siempre, la yuxtaposición de hechos provoca casualidades remarcables. Como que la primera Biblia impresa por Gutenberg lo fuera en 23F (1455), que la oveja Dolly fuera clonada un 23F (1997) o que el automovilista Juan Manuel Fangio fuera secuestrado un 23F (1958) en el hotel Lincoln de La Habana por un comando rebelde. O aún, que el gran futbolista Telmo Zarraonaindía, el famoso Zarra que encarnara esa furia que excitaba (y excita) a los no nacionalistas que sólo admiten las dos primeras letras del Estatut de Catalunya, falleciera un 23F cercano (2006). Pero al fin, doy con la efeméride que explicaría los recuerdos de mi conocida. Resulta que el Ejército Rojo fue formalmente fundado el 23 de febrero de 1918. ¿Lo tendrían Armada, Tejero, Milans y compañía in mente? Seguro que no. En cambio, en los años que siguieron al crítico 23F de 1981 hubo quien tuvo muy presente el valor simbólico de esa fecha. Así, no es casual que Miguel Boyer, ministro del gobierno González, nacionalizara Rumasa el 23F de 1983, transformando a Ruiz Mateos en un pelele mediático que llegó a eurodiputado. O que el 23F de 1984 ETA diera un paso más en su barbarie asesinando al senador socialista Enrique Casas. Esperemos que hoy, entre corruptos peperos, furtivos bermejos y ansiosos garzones, la jornada transcurra sin novedad.

Màrius Serra. La Vanguardia, 23 de febrer de 2009

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