Con un par (y un mar)

Hoy, glorioso día del padre según los centros comerciales, sale a la venta un libro de viajes impactante: El món sobre rodes, de Albert Casals, un chaval que empezó a viajar solo por el mundo cuando tenía catorce años. Casals sufrió una leucemia de niño y esa putada le sentó para siempre en una silla de ruedas. Tal vez le habrán visto en algún reportaje televisivo, porque el chaval es un campeón de la acrobacia. Lleva el pelo azul y no se arredra ante obstáculo alguno. Podría rodar anuncios para concienciar a esos simpáticos conductores que pueblan las aceras con sus vehículos, porque Albert es capaz de subir todo tipo de escaleras y auparse a lugares aparentemente inaccesibles. En su libro podemos seguirle en cuatro grandes viajes por Europa y Asia, desde Italia hasta el Japón. Ahora acaba de volver de Iberoamérica. Sus viajes son el colmo del low cost. Albert logra comer, dormir y desplazarse casi gratuitamente en todas estas circunstancias, a partir de la interacción con la gente y de un espíritu aventurero que ríete tú de Bruce Chatwin. En general, sus periplos serían la envidia de cualquier mochilero cachas. Pero es que Albert hace todo eso desde los catorce años y en su silla de ruedas. Verle, oirle y leerle es un festival. Albert es diferente. Su sonrisa permanente invita a rescatar adjetivos de otros tiempos: ¿pertinaz, imperecedera? Ha aprendido a sacar tajada de su situación, y eso le convierte en un pícaro contemporáneo cuyo único señor es su libertad. ¿Se imaginan a un lazarillo sin ciego? Pues ese es Albert. Su libro es muy interesante, pero ya me disculpará el autor si hoy, día oficial de lo paterno, destaco el único capítulo que no ha escrito él.

Les invito a leer el breve texto que Àlex y Mont, sus padres, insertan al final de El món sobre rodes. Un texto que da respuesta a la pregunta del siglo que le hacen a Albert cuando explica que viaja solo: “I els teus pares et deixen???!!!” Àlex y Mont cuentan de un modo sucinto el difícil esfuerzo de “no ayudarle”. Es decir, de no ponerle las cosas fáciles para que él las supere por sí mismo. Son dos páginas que narran con naturalidad el proceso de monitorizar el despegue (que no el desapego) de su hijo. Desde el primer día que le animan a ir a la escuela en solitario y luego se quedan en casa pensando que “assegut a la cadira fa poc més d’un metre, els cotxes no el veuran i l’atropellaran”. O cuando se muerden la lengua cada vez que la razón les empujaría a consolarlo porque alguien en silla de ruedas no puede hacer esto o aquello. O cuando transitan por la cuerda floja del amor como funambulistas para que su hijo no confunda jamás este distanciamiento estratégico con la displicencia paterna. La culminación de esa bella posición teórica de dejar madurar a los hijos es el viaje. Un buen día, Albert les dice que su gran pasión es viajar. Glups. Pues bien, Àlex y Mont le organizan una especie de cursillo intensivo para viajeros de alcance progresivo: hacer una mochila, montar una tienda, ir un bus solo por Barcelona, acampar un día en el Montseny, ir un fin de semana a Valladolid en tren... El primer viaje al extranjero lo hacen juntos, pero los padres ya sólo actúan de acompañantes. Pillan trenes, autobuses, barcos, le observan mientras supera las barreras arquitectónicas. Hasta que llega el día de dejarlo volar con las únicas indicaciones de “uns principis pedagògics, filosòfics i ètics (afegint-hi l’eficaç sentit comú)”. Sí, sí, eso mismo que tantos padres que hoy recibirán su regalito de sus hijos ultracapacitados no son capaces de hacer. Ahí es nada. Todo.

Màrius Serra. La Vanguardia. 19 de març de 2009.

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma