Dios existe en Spamalot

En general, prefiero a la gente que habla en prosa y sin cantar, aunque la esencia de la creatividad siempre será poética. Por eso, me turba la gran cantidad de teatro musical que puebla nuestra cartelera y más túrbame aún la cantidad de público que atrae. Público que, en muchas ocasiones, no pisaría un teatro ni por asomo sin el reclamo de las coreografías. Supongo que mi aversión por este tipo de teatro tiene su origen en las veladas que, durante la infancia, viví en el teatro de los Salesianos de Horta, ante casi un millar de butacas. Como yo estudiaba piano, participé en tantos números musicales que ya cubrí el cupo. Por eso, me desespero cuando unos actores que hasta aquel momento habían estado hablando en prosa con normalidad arrancan a cantar con una orquesta invisible de fondo. Hace años leí que en un país oriental, diría que en Corea, exhibían las películas del género sin los números musicales, de modo que West Side Story duraba media horita. Me entusiasmó la idea, pero veo que no ha prosperado. En el teatro la cuestión toma otro cariz. Entre otras cosas, porque los músicos están ahí, en el foso, y no te extraña tanto cuando oyes que se ponen a tocar. Si, además, el musical es capaz de reirse de sus propias convenciones, la cosa ya cambia.

Esta semana he visto, ya en régimen de "últimas semanas", el Spamalot de los Monty Python que el Tricicle ha montado en el Paral·lel. No hacía falta ser pythoniso para pronosticar que incluso los escépticos más recalcitrantes del género íbamos a pasárnoslo en grande. El espíritu gamberro de los autores, tamizado por los códigos del género, hacía presagiar momentos gloriosos. Y sí. The bright side of life se apodera del escenario desde el primer momento en el que aparece Jordi Bosch encarnando a un rey Arturo enorme. Ni todos los árboles del reino lograrían ocultar la vis cómica de Bosch, cuya asociación con la Dama del Lago Marta Ribera depara grandes momentos. Cuando la Dama ejerce de diva despechada toda la platea sin excepción se queda pendiente de su despecho, y ese metagag llega hasta el momento postrero del saludo, cuando toda la compañía ya se halla en pleno baño de masas y Arturo/Bosch se percata de la ausencia de la Dama/Ribera. El montaje del Tricicle es el primero de Spamalot en lengua no inglesa y, lógicamente, está milimetrado, como corresponde. Sin embargo, cada día puede cambiar. Eso lo dicen siempre los actores de su oficio, y resulta un comentario aceptado pero casi esotérico, y en todo caso muy difícil de comprobar. Excepto en los musicales. Me fascina que una de las convenciones del género más consolidadas sea que el público no sólo aplaude al final de la obra, sino que suele hacerlo tras cada número musical. Aquí, la cintura de los actores es imprescindible, puesto que deben ser capaces de calcular el instante exacto para reprender la obra sin que sus palabras queden sepultadas por los aplausos ni se produzcan incómodos silencios.

Jordi Bosch y sus compañeros de reparto demuestran tener el buen oído de los mejores actores cómicos, que conviven con las risotadas o gemidos de placer de sus públicos. Pero el aplauso más largo en cada función no es para ningún número musical. Es para la voz de Dios, de quien sólo vemos los pies de barro, que se despide de los personajes, y del público, hablando en prosa, con un "adiós, es decir a mí" en la voz de Pepe Rubianes que tiene muchos números para ser su epitafio popular igual como "disculpen que no me levante" lo es de Groucho Marx.

Màrius Serra. La Vanguardia. 17 de març de 2009.

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