La crisis da ideas

Los germánicos directivos de Seat no dudaron ni un segundo en ejercer presión mediática sobre el president Montilla mediante una argucia de dudosa legalidad. Disfrazaron un Exeo de coche patrulla de los Mossos, como quien dice "cómprame unos cuantos, Molt Honorable, mira qué bien quedarían circulando por las calles"... Me imagino que su gabinete jurídico impidió que el coche en cuestión circulara antes o después del evento con el uniforme falsificado para evitar caer en flagrante delito. Además, aprovecharon la semana de Carnaval, por si las moscas. Mi abuela tenía una réplica terrible cuando yo le soltaba que quería hacer lo que me diera la gana: "el que et dóna la gana no t'ho darà el menjar". Me resultaba incomprensible. Aún hoy me cae lejos. Mi generación no ha sufrido guerra ni posguerra alguna, de modo que hambre, lo que se dice hambre, poco habremos pasado. Por eso, el abstracto tremendismo que estos días todo lo tiñe afecta tanto al estado de ánimo general. La mayoría de marcas de coches ya utilizan la palabra crisis en sus campañas publicitarias para fomentar las ventas. De momento, es Peugeot quien se lleva el gato (del coche) al agua. Su rapidez de reflejos a la hora de ampliar y mejorar las condiciones que establecen el nuevo Plan VIVE ha triunfado. En el primer mes del año de nuestra Señora de la Crisis, consiguió que el 70% de los compradores que se acogieron a este plan compraran un Peugeot. El lema -"Aparca la crisis"- no es un prodigio de originalidad y el espot televisivo muestra a un señor jugando a ping pong él solito, corriendo de un lado de la mesa al otro, en una metáfora cuyo sentido último me cuesta tanto de descifrar como la réplica de mi abuela. En esas estamos cuando una voz en off nos advierte que han querido distraernos un rato de la crisis y que ahora nos venderán un coche. Los creativos debieron inspirarse en los espectáculos malabares de semáforo, cuya máxima aspiración es que les soltemos un euro antes de irnos.

Donde ya cansa tanta apelación a la crisis es en un nuevo género gastronómico de consecuencias imprevisibles para nuestros estómagos: el menú anticrisis. Las primeras noticias llegaron en noviembre. Que si en un garito de Madrid daban de comer a 5,95 euros (en un claro referente fosilizado del antiguo billete de mil pelas), que si un local de Badajoz se descolgaba con un menú a 4,72 euros... Aquello parecía la reducción de la minifalda, de modo que pronto se llegó al meollo, con perdón. El 28 de noviembre el Antiguo Felipe, un establecimiento vitoriano, anunció que cada miércoles daría un menú especial de dos platos a elegir entre tres opciones más fruta por 1 euro. Hoy se dan tantos casos que ya han dejado de ser noticia. Claro que cobrar menos de 1 euro ya sería cambiar el epígrafe del negocio y transformarse en casa de caridad. O en ONG, que es el referente al uso, si nos atenemos a las declaraciones del señor Santiago Gómez, propietario de un céntrico local vallisoletano de nombre premonitorio -A Dios pongo por testigo- que decidió no establecer ningún precio para su menú anticrisis y pedir que cada cual pague lo que cree que vale. Preguntado sobre si no teme la picaresca, Gómez ha declarado: "ahí esta la conciencia de cada uno a la hora de pagar y de salir por la puerta porque nosotros tampoco somos una ONG ". Más allá de haber descubierto la sopa ajada del libre mercado, me parece que Gómez confía demasiado en las virtudes de su cocina para activar conciencias. Las revueltas se organizan con el estómago vacío. Las estafas, con la barriga llena.

Màrius Serra. La Vanguardia. 2 de març de 2009

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