La mejor defensa

La presentación de las bases para la nueva ley del cine ha provocado las reacciones esperadas por parte del nacionalismo español monolingüe, pero menos aspavientos quijotescos de los previstos. La argumentación que propone el Departament de Cultura es difícil de rebatir dialécticamente, incluso en nombre de esa libertad que sólo sirve para reivindicar los derechos de los castellanohablantes. Se contemplan elementos que no eran esenciales en la anterior (y fallida) ofensiva de hace una década, como la reivindicación del V.O.S.C. y se elude el jardín más cenagoso: doblar las películas rodadas originalmente en catalán, castellano o cualquiera de las nuevas variantes actuales de romance: catañol, mallorcano, valenciano, bilinguano, spanglish... Por supuesto, aún hay gente de buen corazón que vive convencida de que el castellano es la lengua original de versos tan castizos como el octosílabo "más madera, que es la guerra" o el dodecasílabo "nunca debiste cruzar el Mississippi". Otros, menos ingenuos pero igualmente limitados, titulan "la Generalitat quiere que Scarlett Johansson hable en catalán". Más allá de la descalificación burda, las voces que se alzan en contra de la propuesta critican su intolerable intervencionismo en los asuntos del mercado y pronostican una presunta falta de público para las películas dobladas al catalán. Una hipótesis sin fundamento alguno hasta que la mano izquierda del mercado (demanda) no sepa lo que hace la derecha (oferta). Poca munición, pues, lanzada contra una propuesta de ley tan ambiciosa como mesurada. Desengañémonos, los pocos decibelios de los aspavientos quijotescos no se deben a una revisión de ese pintoresco postulado de la persecución del castellano en Catalunya. La tranquilidad de quienes no soportan ni el más misérrimo avance de la lengua catalana reside en palabras mayores. Es decir, en las denominadas majors del cine, que ya fueron la roca contra la que, en su día, se estrelló la iniciativa del conseller Pujals. Todos partimos de la base que ese amigo exterior de los defensores del castellano no participa de ninguna de las dos pulsiones nacionalistas que están aquí en juego. Pero su posición no es neutral ni se rige únicamente por las cifras. Quienes toman las decisiones en la Disney son personas con criterios determinados que tienen interlocutores determinados. Viajan en primera, abominan los cambios y siempre hacen escala en Madrid.

Hace años, cuando empecé a pasar noches en hospitales, me percaté de la naturaleza perversa de las butacas. Yo nunca había sido capaz de dormir bien fuera de una cama, de modo que mis noches en duermevela eran en vela. Por ejemplo, en un vuelo transatlántico no encontraba la manera de acomodarme a mi butaca. A menudo me colaba en los lavabos delanteros del avión para ver cómo roncaban los viajeros que tenían la fortuna (suficiente) de viajar en primera, con esas butacas reclinables que les permitían descansar. Les envidiaba de un modo malsano. En cambio, cuando me tocaba pasar noche en el hospital al lado de mi hijo, la butaca reclinable que me ofrecían en la Vall d'Hebron me parecía ínfima, incomodísima, un potro de tortura. Hasta que un día consulté en British Airways las medidas exactas de los asientos de primera y luego me presenté en el hospital con un centímetro. Mi butaca infernal medía lo mismo que la butaca de mis sueños. Ese día dormí como un tronco, y hasta hoy. La única posibilidad de convencer a los que creen que viajarán siempre en primera es hacerles pasar una noche en la otra butaca, que es la misma.

Màrius Serra. La Vanguardia. 12 de març de 2009

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