dimarts, 24 de març de 2009

Llevar una doble vida

Un amigo se apuntó al Facebook bajo pseudónimo. Le dio por publicar una foto enigmática, falsificó todos sus datos y se dispuso a verlas venir. Al cabo de pocas semanas ha dado de baja a su sosias y se ha vuelto a apuntar, pero esta vez con su nombre real y dando la cara. Estaba harto de los mensajes aclaratorios del tipo "en realidad soy tal, pero aquí en Facebook me hago llamar cual" que se veía obligado a enviar cuando sus conocidos le respondían preguntándole que quién era. Si no se identificaba, muchos le rechazaban, con lo que su capacidad de interacción y chismorreo disminuía. En todo caso, sentía claramente que su impostura le daba más quebraderos de cabeza que alegrías. De modo que al final ha archivado la máscara y ha dado la cara, lo que me suscita unas cuantas preguntas. ¿Qué ha sucedido con Second Life, ese boom que iba a ser la mutación global de la red y que hoy está en franca recesión? ¿En qué han quedado todos aquellos pronósticos que prácticamente veían ese extraño mundo paralelo como el embrión de un nuevo ser que tal vez ya no se llamaría internet? Recuerden que se nos informaba constantemente del dinero invertido por las empresas más variopintas en ese edén digital donde todo era virtual excepto el dinero. Los bancos (ay) abrían sedes allí, las inmobiliarias (ay, ay) ponían a la venta solares susceptibles de ser medidos en píxeles y los políticos (ay, ay, ay) incluso convocaban mítines en Second Life. Mariano Rajoy llegó a apadrinar la palabra avatar en una convocatoria de la Escuela de Letras, seguramente engañado por algún asesor. Los avatares, otrora encarnaciones de Visnú u otros dioses indios, designan en Second Life a los personajes que se construyen los internautas para que les representen. Queda claro que la presunta fiesta de la segunda vida acabó cuando muchos se dieron cuenta de lo desaprovechada que tenían la primera.

El péndulo ha rebasado a toda velocidad la zona central y ahora se acerca al otro extremo de su órbita. La alegría con la que el personal gestiona su intimidad en la red es espeluznante. La era digital alienta la grafomanía de lo superfluo. Junto a los autores de blogs más o menos prolijos, prolifera un cierto tipo de usuario que se dedica a poblar su muro (en lenguaje Facebook) con comentarios dignos de una película con audiodescripción para ciegos. Es frecuente hallar frases del tipo "a punto de irme a la cama" o "pensando si me hago un arroz", que responderían al "¿qué estás haciendo?" inicial que Facebook acaba de modificar por un más neutro "escribe algo", con no sé qué secreta intención. La redundancia descriptiva es uno de los vicios más nefandos que promueven los gadgets tecnológicos con los que gestionamos ese pleonasmo llamado "tiempo real". El teléfono móvil abrió la puerta a esa innecesaria retransmisión de nuestros actos. Sin que nadie nos lo pida, soltamos: "estoy comprando en el súper", "conduciendo con el manos libres" o "paseando con fulano". Actuamos como si en realidad lo único que nos interesara de nuestros actos fuera poderlos contar, dejando constancia de ellos por todos los medios a nuestro alcance: facebook, myspace, twitter... Los que nos dedicamos a contar historias sabemos de la importancia de los silencios, las elipsis, los descartes propios de la reescritura. No hay historia peor contada que una historia sobreexplicada, si el narrador nos satura con una lluvia indiscriminada de detalles. Tan importante es lo que se cuenta como lo que no se cuenta. ¿Lo habrá olvidado nuestra clase política?

Màrius Serra. La Vanguardia. 24 de març de 2009.

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