Sufijos móviles

Me informan de que, a partir de ya, puedo registrar un dominio de internet con el sufijo .tel, que permite crear una tarjeta de visita digital de forma rápida y sencilla. Naturalmente, la oferta viene acompañada de la clásica presión comercial: "apresúrese (afanyi's, leo en el correo de mi proveedor de dominios, que es valenciano y sólo se me dirige en catalán cuando quiere venderme algo) si quiere estar seguro de hallar disponible su nombre de dominio". Menudo engañabobos, pienso. Estoy hasta los puntocomes de tanta tontería con los dominios de internet. ¡Cómo añoro aquellos tiempos en los que las corporaciones pleiteaban por un quítame allá ese dominio! Todo parecía más claro. En el ámbito universitario reinaba Edu, en los gobiernos Gov, el general Mil en lo militar, el rey Org en lo asociativo, la dinastía Puntonet en lo neutral y en lo demás la república independiente del lucro presidida por el mítico Puntocom, que llegó a bautizar una sonada crisis en el índice Nasdaq. Luego estaban los Estados, con su cuota reglamentaria de pastel, y esos ejemplos deliciosos de homonimia sufí que generaban noticias más frescas que una ensalada de canónigos. Así fue como la comunidad internacional situó en el mapa a la remota nación de Tuvalu, que tuvo la fortuna ortográfica de recibir el sufijo Tv y sacó tajada de ello vendiendo dominios a canales de televisión de medio mundo. Siempre pensé que Andorra perdía una gran oportunidad al no vender su dominio Ad a las empresas publicitarias anglófonas, aprovechando que ad es anuncio en inglés. Demasiado tarde. Esa fase ya pasó. En poco tiempo, el ordenado mundo de los sufijos se ha liberado de todos los corsés. Parafraseando a Lluís Llach, la comunidad internauta se ha unido a un coro que canta: "cal que neixin sufixos a cada instant!".

Cuando, en 1999, quise registrar un dominio para el país virtual de Verbalia que acababa de crear no me autorizaron a usar ningún sufijo estatal. Debía presentar documentación que acreditase su existencia. Como, de hecho, en mi país las acreditaciones estaban rigurosamente prohibidas, desistí y opté por lanzarme al denigrado mundo de lo comercial. Al poco, un amigo artista me convenció de que las Puntocom iban a dominar el mundo, de modo que su sufijo adquiriría unas connotaciones perniciosas y, en todo caso, alejadas de las actividades de un escritor. De ahí que, al querer registrar un dominio profesional asociado a mi nombre, opté por un sufijo que acababa de aparecer y que me pareció tan neutro como adecuado: .info. Poco después, la curiosa comunidad cultural a la que tengo a bien pertenecer, universalizó su famoso hecho diferencial y propició el primer sufijo asociado a una cultura. Me lo vendieron como un verdadero privilegio, porque los escritores pudimos añadirnos el sufijo .cat desde el primer momento. Pues vale, mi mariusserra se asoció indistintamente a .info y a .cat. Prescindí olímpicamente de reservar los otros sufijos que me ofrecían: ni Biz ni Name ni Pro. Hace poco, me informaron de que un pintor homónimo que hasta aquel momento había firmado Mario Serra, acababa de registrar el dominio mariusserra.com. No sé si también corregirá la firma en los cuadros, pero ahora en la red ya firma Marius (sin acento, hasta hoy) y se presenta como pintor, ilustrador, fotógrafo y publicista. Desde aquí saludo a mi tocayo y le invito encarecidamente a pagar la pasta que cuesta registrar el mariusserra.tel. Según me informan, "los dominios .tel son perfectos para quienes necesiten ser localizados de una forma fácil y rápida".

Màrius Serra. La Vanguardia. 26 de març de 2009

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