dilluns, 30 de març de 2009

Vuelven los topolinos

Basta darse un garbeo por cuatro zapaterías para descubrir que esta primavera vuelven los topolinos. En todos los escaparates verán algún ejemplar. Los hay de todos los tipos. De piel o de lona y esparto, completamente cerrados o muy abiertos, de suela enorme con un desnivel más o menos acusado entre puntera y talón, pero nunca con tacón. Para ser topolinos, unos zapatos deben lucir cuña bajo la planta del pie. Es decir, una plataforma compacta (y muy visible) que no permita distinguir tacones bajo los talones. Andar con garbo montado en unos topolinos requiere un cierto entrenamiento, tal como podrán comprobar en las zapaterías esta primavera. Aposténse cerca de una y verán zarandearse a más jovencitas que ante la puerta de un bar de copas. Con la llegada de los modelos de la nueva temporada, muchos establecimientos han tenido que echar mano del botiquín, porque según la altura del topolino, los primeros pasos pueden ser también los últimos. En el mejor de los casos, para conseguir evitar la dolorosa torcedura de tobillo, muchas nuevas usuarias del viejo modelo andan con los pies abiertos, en una postura similar a la que adoptan los patinadores principiantes. Resulta muy gratificante ver a una chica arregladísima que avanza con la elegancia de una punkie, pisando huevos. Pero todo tiene arreglo y los percances serán cosa de unas semanas, hasta que la práctica cotidiana les enseñe a andar con un pie delante del otro como funambulistas, trazando una línea rectísima que realce el impacto de sus topolinos.

En la zapatería que mis padres abrieron en la plaza Virrei Amat en 1960 se vendieron muchísimos topolinos. Siempre me encantó el nombre casi tanto como las llamativas plataformas a las que se subían las más atrevidas del barrio. A primeros de los setenta, aquello nos parecía el no va más de lo nuevo, pero ya era un revival. Los primeros topolinos los habían lucido en los años cincuenta las mujeres que intentaban zafarse tímidamente de los corsés morales del franquismo, hasta el punto que en "La Codorniz" de Miguel Mihura se las bautizó como las "niñas topolino". Las topolino eran mujeres liberales con ganas de pasarlo bien. Supongo que las plataformas debían facilitar el contoneo, y sólo eso ya debía demonizarlas en una época en la que tener la pata quebrada no guardaba relación alguna con rompérsela esquiando. Pero ese nombre era un extranjerismo no exento de referentes contradictorios. Provenía del italiano topolino (ratoncito), que es como conocen en Italia a Mickey Mouse, pero también designaba al primer utilitario que fabricó la Fiat entre 1936 y 1955: el modelo 500 o Fiat Topolino. La paradoja es que el Topolino partió de una idea de Mussolini. Il Duce convocó al senador Giovanni Agnelli para comunicarle que era preciso motorizar a los italianos con un vehículo que no superase el precio de 5000 liras, y de ahí salió el pequeño Fiat. Eso mismo hizo Hitler con Ferdinand Porsche al ser elegido primer ministro. Por un precio no superior a los 1000 marcos nació otro animal: el famoso modelo Käfer (escarabajo) de la Volkswagen.

El revival de los zapatos topolino coincide en el tiempo con la fundación de la nueva marca política de Berlusconi, cuya vocación de partido único resulta indiscutible y cuya reivindicación de más poderes para el cargo que aspira a seguir ocupando perfila una nueva modalidad de patriarca del siglo XXI: el gobernante topolino. Berlusconi, monopolista en lo mediático, quiere serlo también en lo político, para lo cual se encarama a unos topolinos neofascistas.

Màrius Serra. La Vanguardia. 31 de març de 2009.

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