dimecres, 1 d’abril de 2009

El síndrome Olmos

La destitución de Rafael Olmos como director general de la policía catalana se hizo efectiva anteayer, 31 de marzo, pero ya había sido anunciada una semana antes, de modo que las hemerotecas la fijarán, pongamos, entre el 25 y el 26. La filtración fue tan unánime que ni siquiera se dedicaron a hacer leña del árbol caído. Los seis días de agonía pasaron lentamente, sin que nadie lo pusiera en duda ni especulara con la posibilidad de un informe favorable al director general. No se trataba de darse un tiempo para la reflexión, como hacen tantas parejas ante la inminencia de una crisis sentimental, sino de esperar hasta la comparecencia parlamentaria del conseller Joan Saura, curiosamente prevista para el último día de mes. No seré yo quien niegue la evidente lógica política de estos días de espera. Por un lado, las formas son esenciales en la gestión pública, pero es que destituir a alguien demasiado deprisa puede aumentar peligrosamente las posibilidades de más ceses en la línea ascendente de responsabilidad. Admitamos, pues, que esos días de pausa actuaron de nilómetro improvisado para observar (y prevenir) la subida de las turbias aguas del descontento, y no entremos en el terreno de la proporcionalidad, siempre tan resbaladizo. Finalmente, a 31 de marzo, la cabeza de Olmos se acogió a la gloriosa tradición Atatürk y a otra cosa. Está claro que Joan Saura ha ubicado a Joan Delort como dique (seco) ante los embates de una oposición que no ceja de pedir la cabeza del conseller. Pero lo que de veras me interesaría saber es cómo ha vivido el cesado el período que va del 25 al 31 de marzo. Laboralmente hablando, claro. En el mejor de los casos, habrá estado ocupado en el traspaso de sus responsabilidades a su sucesor. Aunque, desengañémonos, no vivimos en el mejor de los casos (ni de las casas). Seis días de cesado in pectore no son poca cosa. Puede que las palmaditas en la espalda que habrá recibido Olmos de su entorno inmediato no le hayan servido para sacarse de la boca el gusto amargo del sinsentido. El desaliento.

Seguro que la situación de alguien que trabaja sin sentido ni horizonte alguno resultará familiar a algunos funcionarios de nuestra estimable administración que ahora mismo estarán leyendo este artículo. Las absurdidades de la burocracia generan situaciones tan esperpénticas como la del famoso tabaco andorrano que se cultiva (o se cultivaba) para tener derecho a una cuota de rubio americano y luego se llevaba al crematorio. ¿Con qué ánimo puede cultivarlo el mismo agricultor que luego lo quemará como si fueran rastrojos? Más allá de la situación personal del señor Olmos, que tantos otros altos cargos han vivido antes y otros muchos vivirán después, lo preocupante del caso es lo fácil que resulta de extrapolar. ¿Acaso no vive el Govern un síndrome parecido con la imposibilidad cada vez más manifiesta de llegar a un acuerdo de financiación con el gobierno español "amigo"? Por no hablar del marco estatutario en el que, hoy por hoy, nos movemos, pendiente aún de resolución. Más: observemos con detenimiento las comparecencias públicas del ministro Solbes. ¿No tienen la sensación de que vive, desde hace más de seis meses, lo que el señor Olmos acaba de vivir en seis días? ¿Y Francisco Camps? Pasemos a otra pantalla, en el escenario cada vez más cercano de las elecciones europeas. La presidencia europea de Chequia ha acabado como el rosario de la aurora. ¿Cuántos eurodiputados van a trabajar a Bruselas bajo el pesado yugo del síndrome Olmos? Yo, de él, escribiría un libro de autoayuda.

Màrius Serra. La Vanguardia. 2 d'abril de 2009

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