Mariano Azares

Aunque reconozco que el ozorismo estuvo presente en mis primeras escapadas a los cines del barrio con los amigos, en plena era del destape. La saga de los Ozores Puchol, valencianos de Burjassot, marcó un estilo atolondrado y lerdo de hacer películas. La españolada. Tres eran los hermanos: José Luis (actor fallecido a finales de los sesenta), Antonio (actor famoso por su jerigonza indescifrable) y Mariano (director y guionista que se estrenó como escritor humorístico en La Codorniz). Luego hay un ozorismo 2.0, con las primas Adriana y Emma Ozores, pero ya son otros tiempos. Basta echar un vistazo a las decenas de películas de don Mariano para darse cuenta del universo que dibujan. En la década de los cincuenta Felices pascuas, Un Dios perdido o Un caballero andaluz; en los sesenta El turismo es un gran invento, Operación cabaretera o ¡Cómo está el servicio!; en los setenta Los bingueros, El apolítico o Alcalde por elección; en los ochenta ¡Qué gozada de divorcio!, Todos al suelo o ¡Qué vienen los socialistas!; y, finalmente, en los noventa Disparate nacional, Jet Marbella Set o Pelotazo nacional. Resulta fácil adivinar sobre qué rodaría Ozores hoy. Me imagino pelis sobre el Estatut, la inmersión lingüística o las elecciones vascas. El aroma de crónica social que desprenden los guiones de Ozores no oculta su naturaleza de caricatura involuntaria. De hecho, el trazo del ozorismo nunca pasa de ahí, pero tiene efectos colaterales de notable trascendencia. Llamémosle Ozoritis y definámoslo como el estado de alerta mental que te hace ir por la vida viendo escenas que pudo haber escrito Ozores. Me pasó hace unas semanas al oir en las noticias que la esposa de un juez especializado en violencia doméstica acababa de acusar a su esposo de practicarla con ella. La paradoja tenía su guinda en el nombre del acusado: el juez Gardella (escrito con dos eles, según creo, pero pronunciado a la italiana), que es como en casa siempre denominaron a un mamporro, una gardela. El maestro Puyal aún lo usa en sus retransmisiones para referirse a un chut potente de un futbolista: chupinazo, cacao, cañardo o gardela.

La cuestión es que el otro día, tras haber visto en el ordenador una infame peli de Ozores titulada El erótico enmascarado (1980), un amigo que conoce mi afición por los azares me puso sobre la pista de una noticia ozorista. Se trata de la condena por pederastia del tercer teniente de alcalde y concejal de Cultura, Infancia y Vivienda del ayuntamiento de Badia del Vallès. La sentencia explicita que el acusado montó hace cuatro años un álbum en el portal de Microsoft MSN al que agregó cuatro ficheros con contenido pornográfico infantil, "con vídeos en los que aparecen menores de edad desnudos que mantienen relaciones sexuales o con otros menores o se masturban". Que el acusado fuera concejal de Infancia tiene su lógica perversa, pero lo que me llevó directamente a la ozoritis fue la fotografía con la que el diario El Punt del sábado 18 ilustraba la noticia. Una imagen de hace unos meses, concretamente de la toma de posesión de los nuevos ediles del ayuntamiento de Badia del Vallès tras las últimas elecciones. En ella, se ve a un hombre comiéndose con la mirada a una mujer joven que está en el centro mismo de la imagen. Él es el concejal ahora condenado por pederastia, de cuyo nombre no quiero acordarme. Ella es la alcaldesa, a la sazón recién estrenada. Nada hubiera llamado mi atención de no ser por su apellido: Eva Menor.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 27 d'abril de 2009.

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