dimarts, 28 d’abril de 2009

Más vale prevenir

El episodio de la gripe porcina ya ha suscitado algunas diatribas contra el mundo globalizado, cargando las tintas rojas del debe a la velocidad con la que hoy se propagan los virus. Es cierto que el matiz semántico que separaba las epidemias (circunscritas a una región) de las pandemias (extendidas por varios países) está perdiendo sentido. Hoy, una enfermedad contagiosa que se manifiesta en un rincón del planeta tiene todos los números para saltar al otro extremo en un abrochar y desabrochar de cinturones de seguridad. México, como cualquier otro lugar, es destino de muchos viajes por tierra, mar y aire. Miles de pasajeros entran (y entrarán) o salen (y saldrán) del país donde Carlos Castaneda construyó su leyenda chamanista. Pero cabe recordar que nuestro mundo siempre fue un globo transitado y también que las enfermedades contagiosas nunca supieron de fronteras. ¿Acaso la peste negra respetó las divisiones administrativas del mundo en el siglo XIV? Se originó en el norte de la India, los ejércitos mongoles la llevaron hacia el oeste y llegó a Europa hacia 1347 a través de la ruta de Crimea. La única diferencia es la velocidad del viaje, porque la extensión por todo el continente europeo fue cosa de un trienio, y hoy tardaría un fin de semana. Pero hay otra diferencia mucho más trascendente que deberemos imputar al haber de nuestro mundo: la velocidad con la que circula la información, ergo la prevención, es infinitamente superior. Si los aviones logran superar la velocidad del sonido, la información hoy puede fluir a la velocidad de la luz, con lo que nos llegó antes de que aterrizara el primer avión con afectados. Algo impensable en la Europa del siglo XIV, pero también en el mundo de hace cien años. A partir de aquí, las autoridades (sanitarias) deben demostrar de qué sirven los protocolos, los estudios, las hipótesis y los pesebres congresistas.

La imagen más visible de la peste porcina la constituyen las mascarillas verdes que lucen los pasajeros de los vuelos que llegan desde México, o algunos mexicanos que osan pasear por el Zócalo. Por razones que ahora no vienen al caso, he pasado muchas horas con estos preservativos verdes tapándome boca y nariz. Las mascarillas de usar y tirar están bien diseñadas y se adaptan a todos los rostros, pero a mí me da la sensación de que no sirven para nada. Me parecen una protección baladí y, en todo caso, siempre temo que se me moverá en cuanto me ponga a hablar, dejándome la nariz a la intemperie. Algunos orientales utilizan mascarilla para protegerse de la contaminación ambiental, como si fuera un filtro. En India, los cuatro millones de seguidores de una religión atea y pananimista denominada jainismo usan mascarilla para cumplir con uno de sus preceptos: no matar a ningún ser vivo. Los jainistas se tapan la boca para no tragarse inadvertidamente a ningún insecto, aplicando a rajatabla la máxima de los héroes del silencio: en boca cerrada no entran moscas. Si está bien cerrada seguro que tampoco entran bacterias, claro, pero toda prevención tiene sus efectos colaterales. El de la mascarilla lo viví en una habitación aislada de hospital, en la que estaba ingresada una niña de cinco años con una enfermedad respiratoria contagiosa. Naturalmente, se siguieron todos los protocolos: se repartieron batas, fundas de zapato, gorras y mascarillas. Pero resultó que la madre era sordomuda y la mascarilla le impedía leer los labios de enfermeras, médicos y familiares, por lo que su hija y su marido se la levantaban cada vez que le querían decir algo y el aislamiento no resultó nada eficaz.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 28 d'abril de 2009.

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