dilluns, 13 d’abril de 2009

Mendelejev in love

Se llama Sung-Hou Kim y es químico. Se dedica al estudio y la exploración de las relaciones entre los genes y las proteínas, todo ello en el incomparable marco de la Universidad de Berkeley, en California. Uno de sus últimos proyectos le ha llevado a adentrarse con fervor en el campo literario. Junto a su equipo, ha decidido aplicar su metodología a los estudios literarios. Sung-Hou Kim parte de la base que los libros se parecen a las proteínas y a los genes en su representación. Por un lado, ristras de símbolos. Por el otro, ristras de letras. La comparación entre ambas retahílas desembocó en una obviedad: si las series eran comparables, tal vez la aplicación de los programas informáticos desarrollados para una servirían para la otra. De modo que Kim -nada que ver ni con Kipling ni con Basinger- se lanzó a aplicar los algoritmos de sus estudios genéticos a textos literarios, a la búsqueda de patrones ocultos. Antes de ponerse manos a la obra debía escoger dónde. Descartó tratados filosóficos y poemas clásicos por razones que desconozco, y se lanzó a textos religiosos. De hecho, cuenta que la primera experiencia del proyecto fue peinar el Corán. Eso, por lo visto, tampoco ofreció resultados satisfactorios, o provocaría reticencias y temores. De modo que al final han dado con Shakespeare, que vendría a ser la biblia de esa religión laica llamada literatura, cuyos fanáticos no son tan quisquillosos con las heterodoxias ni están tan organizados como para amenazar promulgando fetuas. Como quiera que la autoría de Shakespeare es uno de esos debates interminables, se da el aliciente extra de buscar estilemas concretos que aparezcan en una obra y no en otra, para así lanzar más leña al fuego de la impostura. La aproximación que propugna Kim va mucho más allá de establecer la frecuencia de aparición de palabras o expresiones. En primer lugar, despoja el texto de los signos de puntuación y de los espacios de separación, transformando así cada libro en una gran sopa de letras. Esta última frase quedaría así: enprimerlugardespojaeltextodelossignosde puntuaciónydelosespaciosdeseparacióntransformandoasícadalibroenunagransopadeletras.

Entonces, el algoritmo registra la primera serie de ocho letras seguidas (enprimer), avanza un espacio en la retahíla y vuelve a registrar la nueva serie de ocho letras (nprimerl); luego hace lo mismo con la tercera (primerlu), la cuarta (rimerlug) y así sucesivamente. Sung-Hou Kim se ha mostrado sorprendido por la gran cantidad de conclusiones que ya ha podido extraer de estos datos. Las series de ocho letras cobijan muchas palabras completas y repiten patrones sintácticos similares. En origen, su metodología ha permitido clasificar relaciones evolutivas entre centenares de virus. Algo difícil de conseguir con los métodos habituales, ya que los virus comparten poquísimos genes. Pero Kim y sus muchachos no se conforman con sus avances bioquímicos. Confían poder adaptar la técnica al análisis de muchos otros sistemas formales, desde los patrones musicales a las lenguas antiguas por descifrar, como el rongorongo de la Isla de Hoy (es decir, de Pascua).

No sé qué tendrá Shakespeare. En pleno siglo XXI sus obras son leídas, representadas, estudiadas, citadas y consideradas un compendio de la condición humana. Además, siempre que algún científico quiere aplicar un nuevo método de análisis textual acaba escogiendo las obras de Shakespeare, como si contuvieran algún elemento secreto. Aunque tal vez su único secreto esté en las reacciones que provocan.

Màrius Serra. La Vanguardia. 13 d'abril de 2009.

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