dimecres, 22 d’abril de 2009

Onomancia inesperada

Algunas preguntas pueden resultar insidiosas. ¿De qué va tu novela?, por ejemplo, es una de esas cápsulas cargadas de estulticia. Para responderla se han inventado las solapas de los libros y los suplementos culturales, pero aún así este jueves muchos autores expuestos a la intemperie (esperemos que soleada) de Sant Jordi se verán obligados a responderla. Otra pregunta insidiosa sería: ¿para qué sirven las matemáticas? Y quien dice matemáticas dice equis, donde equis puede ser igual a griego, latín, historia del arte, física cuántica, lengua catalana o juegos de palabras. Por razones que no se me escapan, me han formulado esta última variante en muchísimas ocasiones. En realidad, nada sirve para nada, de modo que jugar sirve para jugar y punto. Pero la tentación de revestir el discurso con un manto de honorabilidad didáctica es grande, y en ocasiones resulta cómodo asegurar que jugar (al Cluedo, al parchís, al teto o con las palabras) tiene una utilidad objetivable. Cierto que cada vez más psicólogos recetan crucigramas como gimnasia mental y que los profesores de lenguas utilizan el Scrabble en sus clases, pero lo central en cualquier juego es el placer de jugarlo. Todo lo demás se nos da por añadidura.

Hace veintitrés años, cuando empezábamos, el poeta Jaume Subirana me regaló un anagrama perverso que iba a marcar mi carrera literaria. Reordenando las letras de Màrius Serra le salió una sentencia de muerte a mis dotes líricas: res us rimarà. En efecto, jamás fui capaz de concluir un poema. Como lector, la poesía no me es ajena, pero me enajena escribir sin aprovechar todo el ancho del papel, tal vez por la fuerza profética de ese anagrama. Soy un vivo ejemplo de onomancia, ya que descubrí mi destino inscrito en las letras de mi nombre. Desde entonces, decenas de amigos me han regalado anagramas onomásticos elaborados recombinando las once letras que presiden este runrún. Más aún desde que el gran Queco Novell empezó a asociarme a la palabra anagraaama en el "Minoria absoluta" de RAC1.

Ayer recibí una nueva remesa de anagramas onomásticos elaborada por Jaume Boix, director del notable miniespacio lingüístico de TV3 "Tinc un dubte", basado en el libro homónimo de Rudolf Ortega. Boix me envía 18 combinaciones de mis 11 letras, casi ninguna de las cuales coincide con los cientos de anagramas que ya tengo archivados: rumiaràs res?; sumar i resar; remar si sura... Entre ellos hay uno que me llama la atención por su rareza: Rarámuris es. Es un combinación tan rara que Boix le adjudica un asterisco y me remite a una nota enciclopédica digna de Borges que responde por sí sola a la insidiosa preguntita del para-qué-sirven-los-juegos-de-palabras. Resulta que los Rarámuris son un grupo de pueblos herederos de la cultura Uto Azteca, también llamados Canasteros, establecidos en la parte Norte de la mítica Sierra Madre Occidental y sus estribaciones, en los valles de Parral y Chihuahua. La temperatura en esas regiones mexicanas puede oscilar entre los 20 grados bajo cero en invierno y los 48 grados sobre cero en verano. Los Rarámuris resisten desde hace 400 años practicando la agricultura y el pastoreo, y son legendarias sus carreras, recorriendo ininterrumpidamente día y noche, por terrenos abruptos, distancias que llegan a superar los 200 km. Hot la población de Rarámuris se mantiene estable en torno a los 65.000 individuos. Leo en la nota: "aunque fueron despojados de sus mejores tierras, jamás fueron sometidos ni por los apaches ni por los españoles".Igual les dedico un poema.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 21 d'abril de 2009.

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