¿Pero qué es Sant Jordi?

Sant Jordi es una feria desbordante que desparrama libros por todo un país que no lee demasiado. Un fiestorro y un engorro a la vez. Sant Jordi es un invento que hoy, en la era de los eventos, nadie tendría ni el ingenio ni el genio de inventar. Los hay que toman carrerilla para vejar a Sant Jordi acusándolo de mercantil. Pues claro que es mercantil. ¿Cómo va a ser una feria ideada por unos grandes almacenes? ¿Ascética? Sant Jordi no es un mercadillo. Es un mercadazo que llena las arcas de todo un sector estratégico, desde la cúpula a la base, pasando por las modalidades más artesanas del tráfico de libros y otros enseres afines. En Sant Jordi triunfa el capital y la capital, pero también los alternativos de todo pelaje y las localidades más excéntricas. Sant Jordi es una fiesta en escuelas, bibliotecas, teatros, centros penitenciarios... Los empresarios más potentes de la industria editorial invierten mucho dinero en la campaña de Sant Jordi para competir con ardor por ese segmento mayoritario de ciudadanos que sólo compran un libro al año. Hoy. Ya se comprende que si todos se ponen de acuerdo, las cifras del novelón del momento se dispararán hasta rozar los registros del mundo audiovisual. Por eso hoy en el sector del libro se juega la Champion's, y esta tarde empezará la habitual guerra de cifras que configurarán las distintas listas de triunfadores, con libros literarios y no, de ficción y no, en castellano y no, para que mañana nos despertemos con algún ganador o ganadores como si hoy se hubiesen celebrado unas elecciones. Y no. Sant Jordi tiende fatalmente al quesito estadístico, con el agravante que las cifras siempre son aproximadas. Es un mundo que contiene otros muchos en su interior.

Junto a las carpas espectaculares con colas kilométricas se dan otras muchas realidades. Porque Sant Jordi es también la jornada de salvación económica para muchas editoriales independientes, en cuyas paradas sus libros son vendidos hoy sin tener que restarles el margen de distribuidores y libreros. Es, también, la tabla de salvación para muchas entidades de economía precaria que venden libros, rosas, camisetas y todo tipo de objetos. Les aseguro que entre las fundaciones que atienden a los discapacitados Sant Jordi es un día esperadísimo. Y también es el día en el que el poeta más recóndito de la casa publica su última obra en una revista, plaquette u hoja volante. Sant Jordi es la fiesta del libro, del intercambio y del hojeo. No de la lectura. Quienes compramos y leemos libros regularmente no solemos ni comprar ni leer ninguno hoy, tal vez por despecho. Pero eso no quiere decir que no nos apetezca salir a pasear por ahí para vivir en primera persona la fabulosa ficción que hoy todo lo envuelve: un mundo en el que los libros son un bien preciado que mueve a más multitudes que el fútbol. Claro que habrá quien deteste tanto ruido vano, y quien apele a la importancia de los libros que nadie compra, comparándola a la insignificancia de algunos de los más vendidos, pero que nadie se engañe: todo el mundo hablará de la feria según le vaya. Hablarán mal de Sant Jordi los autores de gran valía que se pasarán el día departiendo con otros autores de valía similar por ausencia compartida de lectores que les requieran en el fotomatón de las firmas. ¡Con lo fácil que sería negarse a participar en el ritual competitivo de la dedicatoria! En cambio, los mequetrefes que no dejarán de firmar ni un instante acabarán agotados y felices. Y quienes viven un Sant Jordi por primera vez se maravillarán de las dimensiones del monstruo. Que ustedes lo disfruten.

Màrius Serra. La Vanguardia. 23 d'abril de 2009.

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