dimecres, 15 d’abril de 2009

Que ni pintado

En el Grand Palais parisino se exponen trescientas obras (de arte). Escribo lo de arte entre paréntesis para intentar transmitir las dudas que generan en muchos visitantes. Porque las trescientas piezas T.A.G. (Tag And Graff) son grafitis. El hecho diferencial de la exposición es el contexto. No se compone de muros rescatados piedra a piedra como quien se lleva una ermita románica a los Estados Unidos, sino de trescientas telas rectangulares perfectamente alineadas en una sala de 700 metros cuadrados. El arquitecto Alain-Dominique Gallizia, comisario de la exposición, es un apasionado del grafiti. Un día, en los ochenta, iba a trabajar a una obra y topó con un pájaro que estaba vaciando sus aerosoles en la valla circundante. Le fascinó aquella forma tan efímera de arte y decidió quedarse la valla. Desde 1984 regenta una agencia en Boulogne que actúa del mismo modo que marchantes y galeristas. Coloca graffitis a particulares, que a menudo devienen coleccionistas, y ha montado esta exposición en el Grand Palais. La idea de Gallizia es que el graffiti entre en los museos. Para ello, estableció unas reglas de juego que unificaran las obras expuestas: mismo formato (tela de 60x180 centímetros dividida en dos partes), mismo tema (a la izquierda la firma y a la derecha, una imagen alusiva al amor) y, en lo posible, que el artista vaciara sus aerosoles en su estudio de Boulogne. Con esta última condición, más allá de facilitar la logística, también pretendía mantener el espíritu instantáneo de la creación graffiti. O tal vez evitar la sensación del profesor de trabajos manuales cuando da deberes que pueden enguarrar.

La incipiente historia del aerosol errante se inicia el 21 de julio de 1971 con un reportaje en The New York Times sobre un pintarrajeador llamado Taki 183 (mote y número de su casa, habitual en el código tag). Ha llovido mucho, pero un sinfín de paredes y muros, vagones, toldos, puertas de lavabo, ventanas y rótulos públicos siguen recibiendo las partículas faltonas de aerosol, con resultados harto desconcertantes para la población. Y no escribo harto porque sí. Gallizia los quiere bien catalogados, despojados de su inoportunidad. Bajo el techo de cristal del Grand Palais, los trescientos rectángulos de tela aerosolada parecen un zoo del siglo XIX. Fieras dispares en jaulas idénticas, para goce y disfrute del hombre civilizado. No es la muerte de la bestia, pero sí una mutación definitiva: no van a ser borrados, son transportables, no están hechos en la calle, no usan superficies preexistentes, son vendibles... Algún amigo de Gallizia deberá inventar una nueva etiqueta, porque graffitis no son. Cuando la creación se institucionaliza pierde frescura, aunque puede ganar virtuosismo. Veremos. La cultura hip hop ya está siendo domesticada y masticada en otros frentes, como la música o la moda. En el ámbito gráfico, existe un cierto consenso social en denostar los tags (la rúbrica) y aplaudir los grafs (los dibujos), incluso promovidos desde las instituciones para "embellecer" muros vacíos. Si alguno de nuestros museos acoge la exposición, sugiero que acudan a los centros penitenciarios para reclutar a los mejores críticos. En mi barrio, mientras las paredes de las casas y las señales de tráfico andan emborronadas con las rúbricas anodinas de tipejos ególatras, cada trimestre aparece una brigada de condenados a trabajo social para tapar con pintura blanca los graffitis alucinantes que nos regalan esos mismos, imagino, amantes del aerosol en las vallas de la calle Llobregós. Muchos de ellos, antes de taparlas, las fotografían.

Màrius Serra. La Vanguardia. 14 d'abril de 2009.

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