dijous, 30 d’abril de 2009

Que viene el Glotón

Hace cuatro años experimenté una repentina mutación capilar. Por razones profesionales que sólo un columnista afecto al autobombo explicaría detalladamente, me pasé dos temporadas sin pagar en concepto de barbero. Las amorosas peluqueras que se ocupaban de mi pelo decidieron que mis incipientes canas prosperaban demasiado, de modo que me aplicaron un baño de color (castaño). Así anduve, con el pelo bañado, hasta que aquella situación profesional terminó y volví a visitar a mi barbero. En un abrir y cerrar de tijeras mi cabeza se aclaró. Más que un baño, aquello fue una ducha de color (blanco), y me vi envejecer décadas en minutos, ante el espejo. Durante dos años las canas se habían ido apoderando en secreto de mi cuero cabelludo. El castañazo fue notable, pero me gustó. Decidí lucir cana y me dejé crecer patillas por pura coquetería. Empezaron siendo a lo Pascal Comelade, pero con el tiempo tomaron vida propia y su crecimiento sostenido las condujo a un perfil austrohúngaro. Entonces sucedió algo maravilloso. Por primera vez en mi vida, la gente (congéneres femeninos de edad no avanzada inclusive) empezó a piropear algún elemento de mi aspecto físico. Lo más interesante fue que casi todo el mundo hablaba (bien) de mis patillas por comparación con dos personajes. La gente de mi edad (o superior) acudían a Curro Jiménez. Algún desinformado incluso mentaba al Algarrobo, sin reparar que ese bandolero unía a sus patillas una alopecia galopante, pero en general el personaje interpretado por el apuesto Sancho Gracia era el referente. En cambio, los más jóvenes dirigían su admiración capilar hacia otro personaje que yo desconocía y que hoy desembarca en la cartelera: el Lobezno. La primera vez que me llamaron Lobezno me estremecí. Me lo dijo con entusiasmo de groupie una chica que, siendo generosos, tendría dieciocho años. Fingí saber a quién se refería y le sonsaqué todo lo que pude. Luego me documenté. Pronto descubrí que la pareja Curro & Lobezno es un indicador generacional infalible, con honrosas excepciones. Cada vez que alguien topa por primera vez con mis patillas se produce esta encuesta espontánea, y diría que la línea de corte entre Curro y Lobezno ronda los treinta años.

Lo que ocurre es que el Lobezno original ya va a cumplir 35, porque apareció por primera vez en 1974, en una historieta del increíble Hulk publicada por Marvel Comics. El personaje patillero es un superhéroe, miembro de los X-Men y de los X-Force. En realidad, se llama James Howlett y su alias es Logan, pero desde el principio se le conoce como Wolverine. Su popularidad en el mundo anglosajón está al nivel de un Hulk o un Spiderman, y supongo que la película que se estrena hoy le lanzará en nuestro entorno. Lo curioso del caso es que Wolverine, aunque se emparente con Lobo (wolf), en inglés no significa Lobezno sino Glotón, otro mamífero carnívoro típico de Norteamérica, muy fuerte y fiero. En Europa sólo hay glotones (no homínidos) en los zoos, y de ahí esa deriva. En cambio, en los cómics de Novedades Editores de México, el personaje se llama Glotón, y en Latinoamérica, también en castellano, Guepardo. Lobezno me parece una buena elección verbal, pero me inquieta su versión en catalán. La traducción literal sería Golut, pero yo creo que debería imponerse el imaginario escoltista. Ya me imagino a esa jovencita groupie diciéndome "Ets com el Llobató" y yo, en vez de sonreir por mis patillas, largándome por patas "com una daina". ¿Hablaremos algún día de los X-Minyons?

Màrius Serra. La Vanguardia. 30 d'abril de 2009.

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