Cantando ovejas

Cuando escribo este artículo no sé si se habrá producido o no ni cómo, porque ando a unos cuantos kilómetros de distancia de Santa Creu de Jutglar, que es donde ahora mismo (ayer domingo al mediodía para el lector) se debe de estar celebrando la Fira de la Transhumància. El pastoreo es un noble arte que la vida contemporánea está arrinconando cada vez más, tal vez porque los únicos rebaños que interesan son los humanos. De hecho, pocas imágenes definen tan bien la estulticia de estos últimos tiempos como la de los cencerros con sordina para que su sonido no moleste a los urbanitas que se acaban de instalar en un entorno rural. Pero mientras pretendamos seguir consumiendo carne, habrá cencerros, y no está nada mal que la gente, urbana o rural, que aún aprecie el sentido común lo manifieste sin complejos. Una forma curiosa de hacerlo es el acto musical anunciado para el mediodía de ayer domingo 3 de mayo. De las cinco palabras del título, cuatro son tan descriptivas que no hará falta ni glosarlas: Ramat Musical (Orquestra Ramadera Estocàstica). En cuanto a la quinta, lo estocástico nada tiene que ver con las crueles estocadas del toreo. Se trata de un término griego que se aplica o bien a lo que depende del azar (la verdad es que siempre me he sentido muy estocástico en todos los aspectos) o bien al cálculo de probabilidades. Pues bien, la orquesta agropecuaria anunciada va justamente de eso: un concierto de tilines y tolones azarosamente combinados según los movimientos de un rebaño de ovejas. Su artífice -Martí Ruiz- ha creado cencerros afinados en tonos distintos para que las ovejas los hagan sonar de una manera totalmente aleatoria. Por tanto, según sus movimientos el concierto sonará de un modo u otro. En la web ramatmusical.tk hallarán los detalles de esta cencerrada.

La idea de explorar las posibilidades musicales de los animales no es nueva, aunque cabe reconocer que el Ramat Musical innova en dos frentes: por un lado, es una evolución biológica de los conciertos de campanas (y carillones); en segundo lugar, aquí los animales tocan un instrumento. En general, la vertiente animal de la música nos lleva al canto de los pájaros, cuyo prestigio es sobradamente conocido. Existen concursos de canto tan codificados que han suscitado un mercado de jaulas en el que se trafica, de un modo más o menos encubierto, con todo tipo de pajaritos cantores: canarios, jilgueros... ¿Recuerdan el Marujito de Plats Bruts? Pues tal vez Joel Joan y Jordi Sánchez se inspiraron en un club del Carmel que yo me sé para escribir un hilarante episodio protagonizado por ese canario. Ya lo ven, la sensibilidad musical no es privativa de los homínidos. El concierto animal más alucinante del que he tenido noticia jamás sucedió en Londres, en la presentación del libro Oulipo Compendium (Atlas Press, 1998) que recoge los postulados principales de la literatura potencial en lengua inglesa. De entrada, la presentación fue una especie de cabaret artístico, con números de variedades que implicaban todo tipo de juegos de palabras, bajo una pancarta enorme en la que se leía: "Elasticité, Limpidité, Frivolité". En este contexto, el número estrella lo protagonizó una coral canina especializada en himnos nacionales. No hace falta que relean la última frase. Ya se la reescribo en otro registro: un grupo de perros ladraron La Marsellesa, el himno de Inglaterra y otros himnos europeos entre los que no me consta que estuviera ni la Marcha Real española ni tampoco Els Segadors>. No sé si la estocástica llevará al Ramat Musical a estos hitos.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns 4 de maig de 2009.

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