Los quinquis del futuro

Ayer se inauguró en el CCCB una exposición que no pienso perderme: Quinquis dels 80: cinema, premsa i carrer, comisariada por dos curadoras que merecen estar en la cima expositiva: Amanda Cuesta y Mery Cuesta. El objetivo es partir del cine que retrató a los delincuentes barriobajeros de perfil Vaquilla para mostrar los cambios radicales que experimentó nuestra sociedad durante los primeros años de la transición. La exposición se centra en el período 1978-1985, durante el cual se filmaron películas como Yo, Vaquilla o Perros callejeros (José Antonio de la Loma), Colegas, Navajeros o El pico (Eloy de la Iglesia), y Deprisa, deprisa (Carlos Saura). El proceso de estilización que el cine español intentó con la figura del quinqui es muy evidente, pero estos relatos de polígono y descampado no acabaron de adquirir el grosor de las aventis que Marsé situara en las décadas anteriores, ni la textura de novelas recientes como Rompepistas de Kiko Amat situadas en las posteriores. Quinqui proviene de quincalla, ese material de poco valor con el que trafican los vendedores ambulantes, y quincalla es un galicismo que procede de quincaille (colectivo). Los quincalleros o quinquilleros, pues, en catalán quincallaires, en principio trabajan ajenos al delito, pero en los años setenta el paisaje de mercadillo quincallero no estaba completo sin que pululara por ahí un peludo con el peine en el bolsillo trasero y la navaja en el delantero, presto para ejercer de ladrón ocasional (radiocasetes, coches, bancos...) o de camello (costo, perico, caballo...)

Me pasé toda la adolescencia enfrentándome (y la mayor parte de las veces, esquivando) a los quinquis que operaban por tres zonas: la plaza del Congrés y sus aledaños (Viviendas del Congreso Eucarístico), el descampado que hoy es la plaza Sóller y, sobre todo, la intricada retícula de caminos que separaban los Salesianos de la parte alta de la calle Horta, hoy arrasadas por la avenida del Estatut. De niño, me aterrorizó la llamada Banda del Nabo, que operaba de Montbau hasta Horta, concentrada en el atajo por donde pasábamos los estudiantes, que era como un desfiladero del que uno no podía escapar. Luego, lidié con la del Chino y la del Mario. Dejé de llevar reloj a los catorce años harto de que me lo mangaran y por defender una chupa de cuero me llevé un navajazo en pleno brazo izquierdo cuya marca sobrelleva muy bien los treinta años que han pasado. Los quinquis no siempre ejercían. Podías ver a uno que días atrás te había atracado jugando al billar en el bar Soto y nadie chistaba. A mí me gustaba mucho la banda sonora de esas partidas de billar. Más Los Chunguitos que Los Chichos, la verdad, y aún más Rumba Tres para las aproximaciones a las chicas ("No sé no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco...") y Los Amaya para los alejamientos ("Vete, me has hecho daño, vete, estás vacía, vete, lejos de aquí...") Cuando en 1977 se estrenó Perros callejeros yo tenía catorce años recién cumplidos y en mi entorno nadie se la perdió. Leo en el material de la exposición el concepto de Quinqui-Stars y no puedo más que asentir. De hecho, algunos de mis amigos del barrio iniciaron una deriva que les llevaría al otro lado del espejo. Les empujó la crisis de los setenta, el tedio y aquellos modelos que emular.

Lo quinqui no casa con los finales felices. Está muy bien que las instituciones culturales nos propongan masticar esos grumos agrios tan recientes, sobre todo ahora que el futuro inmediato nos ofrece huesos que aún se antojan más duros de roer. ¿Qué clase de quinquis generará la actual recesión económica?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 26 de maig de 2009.

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