No nada nada, no traje traje

El cambio de mando en las carreras de Fórmula I lleva implícito un debate acalorado sobre la importancia de la tecnología. Por un lado, circula (a toda velocidad) la opinión de que la destreza de los pilotos cada vez cuenta menos ante la importancia de los bólidos que conducen. Es una opinión franca y directa, que vendría a reforzar la idea de establecer limitaciones técnicas para que se compitiera en igualdad de condiciones. Por otro lado, voces tan autorizadas como las de algunos pilotos, parecen opinar lo contrario. Alonso, por ejemplo, se opone a la limitación presupuestaria en las cuestiones técnicas. ¿Dónde queda el espíritu I + D? Los seguidores más expertos señalan con el dedo a los ingenieros que están detrás de los bólidos vencedores, igual como algunos cinéfilos memorizan los nombres de los directores de fotografía de sus películas preferidas. En los trabajos colectivos —como el cine o la fórmula I— siempre hay que tener en cuenta la suma de elementos. De hecho, no resulta descabellado comparar el grado de responsabilidad de un actor en un film de éxito con el de un piloto en una carrera. Ambos trabajan arropados por una legión de técnicos de rango diverso, con sus direcciones artísticas y su núcleo duro de ingenieros ingeniosos. Otra cosa es que Bernie Ecclestone juegue al megamarketing global, que Agag apunte maneras de patrón o que Fabio Briatore luzca tanga. La Fórmula I gusta denominarse circo y actúa siempre al límite del más difícil todavía (o todaFIA).

Mientras tanto la FINA, que remite a la Federación Internacional de Natación y hace honor a su acónimo, acaba de prohibir el uso de diez tipos de bañador y ha dictado modificaciones en otros 136 modelos. Lo asombroso del caso es que el tanga no es ninguno de ellos. Por lo visto, a partir de ahora los bañadores de competición no podrán llevar más del 50% de poliuretano. La prohibición tiene efectos retroactivos y supone, en la práctica, la suspensión de diversos récords mundiales batidos en los últimos meses. Veo las fotos de los bañadores prohibidos. Son como una segunda piel, pero me recuerdan los que usaba mi abuela Paula en las playas de Vilanova. El Jaked O3 rojo que ayer reproducía la página de deportes de este diario con el nadador Rafa Muñoz en su interior se parece mucho al que luce mi bisabuelo en una foto de 1903 que conservo en sepia. El patrón, del cuello hasta la espinilla, es idéntico. Aunque el del (ahora desposeído) recordman mundial de 50 mariposa es mucho más ceñido que el de mi bisa. Y su cuerpo más atlético, también.

Hay muchos deportes que dependen de vehículos: bólidos, todo terrenos, motos, barcos, bicicletas, patines, esquís, trineos, piraguas, canoas... Otras modalidades deportivas cuentan con complementos imprescindibles: pértigas, jabalinas, martillos, raquetas, bates, sticks, guantes... En todos estos casos, se comprende que el diseño del vehículo o del complemento esté regulado, y que sea objeto de debate hasta qué punto las mejoras técnicas determinan el resultado de la competición. Pero una vez comprobado un avance, resulta absurdo prohibirlo en vez de abrirlo a todos los competidores. Nunca imaginé que los bañadores también entrarían en este debate, pero es incomprensible que se prohiban los que mejoran la velocidad del nadador. La pureza es un concepto místico. La realidad es un sistema complejo en el que intervienen muchas variables, y no parece que prohibir los avances técnicos vaya a mejorar el concepto de justicia. Si no, que compitan con el Meyba que Fraga lució en Palomares.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 21 de maig de 2009.

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