Alarmas que no alarman

Estoy en un bar escuchando una interesante disertación sobre los millones de Florentino cuando salta la alarma. La del bar. No es un timbre ensordecedor, pero molesta. El amo suelta unos cuantos tacos y luego, en un ataque de coherencia muy sospechoso, le grita a un Paco ausente que se la den con queso y corre enfurecido hacia la puerta. Durante unos segundos que se me hacen eternos, lucha contra innumerables interruptores hasta que da con el que desactiva la alarma. Cuando el zumbido ya es sólo un eco molesto, le oigo explicar que está hasta los mismísimos de esa alarma que teóricamente protege su local y que piensa desactivarla ya mismo. Por lo visto, salta cada dos por tres, como tantos otros dispositivos destinados a prevenir incendios o robos o cualquier otra circunstancia que deba ser prevenida. Mientras el amo del bar llama al servicio de mantenimiento, leo en un breve que este fin de semana una alarma ha estado sonando durante 36 horas sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. Una prueba más de que las alarmas ya no alarman. Sean sinceros. Si salta una a su alrededor, ¿qué es lo primero que piensan: que deben movilizarse para pedir auxilio o que se trata de una falsa alarma? En los ochenta, un novicio de Montserrat me contó el extraño caso de una de las imágenes de la Moreneta, cuya alarma saltaba cada dos por tres sin motivo aparente. De noche. Según mi amigo, había quien sostenía que la imagen de la virgen negra vibraba, por razones que se me escapan. Al dispositivo no se le escapaban esas vibraciones y por eso saltaba, celoso de su función alarmadora. Descartadas las razones esotéricas, el culpable resultó ser el zumbido de los insectos que volaban por la basílica cuando escolanets, romeros y turistas abandonaban el lugar. Las únicas alarmas que tienen sentido son aquellas que están conectadas a algún servicio de vigilancia remota, pero aún así abundan las falsas alarmas. En oficinas, escuelas y almacenes, son muchos los empleados que hacen saltar la alarma sin querer y luego deben identificarse ante los supertacañones de turno con una contraseña convincente que les exculpe. En algún caso, el sistema funciona con tanta rapidez que se producen interesantes episodios de confraternización entre el empleado despistado y alguna patrulla policial.

Lo cierto es que vivimos rodeados de alarmas. Tantas y tan ruidosas que ya no les damos ninguna credibilidad, como si todo fuese un mero simulacro. Aparcamos de oído y salta la alarma, olvidamos un código y salta la alarma, fumamos en un lavabo y salta la alarma... Incluso desconfiamos de las ambulancias que hacen sonar la sirena. En nuestro fuero interno, pensamos que van vacías y que el conductor las activa para saltarse los semáforos tan ricamente. Por eso, no es de extrañar que reaccionemos como lo hacemos ante la situación política actual. De hecho, con la aprobación del Estatut entramos en un impasse intolerable desde el punto de vista democrático y claramente insostenible desde el punto de vista económico, pero como si nada. Por más alarmas que salten, nadie parece reaccionar, como si el ruido de timbres y sirenas fuese la banda sonora habitual. Vivimos en estado de emergencia perpetua con la misma indiferencia que, este fin de semana, ha suscitado esa alarma que sonó durante 36 horas seguidas.
Hoy es 16 de junio. El 16 de julio habrá vencido el enésimo plazo para el acuerdo de financiación. ¿Saltará alguna alarma eficaz que nos haga reaccionar? Porque, francamente, la situación es alarmante.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 16 de juny de 2009.

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