En la escuela, inclusive

Desde que, en noviembre, salí del armàrius publicando un libro protagonizado por mi hijo pluridiscapacitado Lluís, me he convertido en receptor de todo tipo de propuestas relacionadas con el mundo de la discapacidad: parálisis cerebral, autismo, síndrome de Down, síndrome de Rett, síndromes de grafía imposible que describen enfermedades de las denominadas "raras", discapacidades físicas y psíquicas de todo tipo... La gama es mucho más amplia de lo que jamás pude sospechar. Yo me lo he buscado, claro, y en la medida de lo posible intento asumirlo con naturalidad, entre otras cosas porque el conocimiento de la diferencia siempre resulta enriquecedor. Para acabarlo de rematar, organizo un concierto benéfico en pro de los pluridiscapacitados el 14 de junio en el Auditori de Barcelona (el espot con toda la información, sólo para interesados, en la red: moutepelsquiets.blogspot.com), y algunos ya empiezan a tomarme por un paladín de las causas perdidas. Lamento defraudarles, pero no lo soy. Un paladín de una causa, de cualquier causa, siempre tiene las ideas muy claras, y yo reconozco que lo único que tengo claro son mis dudas. Escribo este artículo, justamente, para desplegar una que he ido madurando en mi condición de padre de un niño quieto que sólo ha conocido escuelas especiales. Y lo hago ahora porque acabo de pegarme una gira por los centros educativos que acogen cada día a esos farolillos rojos de la sociedad que me ha dado por denominar quiets, tal vez porque te ayudan a saber qui-ets. La fraseología popular podría llamarlos perros verdes, que era el súmmum de rareza cromática hasta que la pedagoga Cécile de Visscher les rebautizó como jirafas azules en un cuento delicioso titulado Mimi i la girafa blava ilustrado por Maria Ella Carrera. De Visscher dirige Nexe Fundació desde hace 25 años, un centro único de educación especial que acoge niños desde cero a seis años. Mi hijo Lluís inició su expediente académico allí, y ahora lo sigue con brillantez inaudita en la Escola Especial Guimbarda, en cuyas aulas aspira a revalidar su intachable hoja de servicios hasta los 18 años para integrarse, si se diera el caso, en el centro homónimo para adultos.

A menudo oigo defender la escuela inclusiva por parte de padres y pedagogos. Admito que es un objetivo muy loable, pero quienes lo defienden con tanto ardor deberían incluir en su discurso la posibilidad de las excepciones. Si las paredes de las calles Escorial (Nexe) o Lluçanès (Guimbarda) hablaran, las primeras palabras que pronunciarían podrían ser apnea, crisis epiléptica o ambulancia. Los farolillos rojos, perros verdes y jirafas azules son tan especiales que requieren un trato especial desde todos los puntos de vista, también el sanitario. Me temo que, entre lo cambiante de los conocimientos en el mundo actual, la llegada masiva de inmigrantes extracomunitarios y la incidencia de las tecnologías digitales, ya le pedimos bastante a nuestra escuela. Sólo les faltaría tener una unidad de urgencias junto a la biblioteca. Para que la escuela, en general, fuera realmente inclusiva debería tener unos recursos que, hoy por hoy, parecen inalcanzables. Otra cosa es que los alumnos de centros especiales estén en contacto con los centros convencionales para que unos y otros se beneficien de esta relación. Aunque sólo sea para darse cuenta de que el estado de excepción habita entre nosotros en su quietud de perro verde, jirafa azul o farolillo rojo. Y que esa excepcionalidad requiere soluciones especiales. En casa, en la calle, y en la escuela, inclusive.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 4 de juny de 2009

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