Larsson contra Brown

Como ya sabrán, hoy llega a las librerías el tercer Larsson. En el pugilato editorial para ganar el campeonato mundial, Zafón y Falcones al margen, dos apellidos destacan. Uno es, sin duda, el de Stieg Larsson. El otro, el de Dan Brown. Ambos son autores de los best-sellers más ruidosos del siglo XXI, con el permiso de Harry Potter, y su llegada a las librerías genera colas quilométricas, como si fueran fenómenos de consumo audiovisual. Música, cine, ¿literatura? Muchos lectores constantes desprecian cuanto se vende por encima de la media, en una reacción de autodefensa comprensible ante el marketing sin fundamento que practican algunos editores. Los libros nos hacen libres y la libertad incluye no leerlos. Reconozco que, hace décadas, jamás leía los libros que tenían mucho éxito. O los pillaba cuando aún no habían explotado o los dejaba para una hipotética vejez. Comentar libros profesionalmente me hizo vencer estas prevenciones absurdas, aunque reconozco que algunas lecturas no hacen sino corroborar las bases en las que se sustentaban mis antiguos prejuicios. Leí a Brown porque utilizaba mecanismos verbales que me fascinan: criptogramas de todo tipo en El código da Vinci y ambigramas en Ángeles y demonios. Devoré el primero, lo olvidé al instante, y luego me aburrió el segundo. Con Larsson ha sido distinto. Empecé a leerlo con la intención de catarlo y dejarlo. A las cincuenta páginas estuve a punto de abandonar, pero de repente apareció Lisbeth Salander y ya no pude dejar de leer hasta que anoche acabé con el tercer volumen. Larsson no es un gran escritor, en el sentido descriptivo del término, pero supo construir una historia argumentalmente impecable. Su estilo es más simple que el de Mankell, y sus tramas menos enrevesadas que las del padre del inspector Wallander, pero todo le encaja bien y no termina sus historias de un plumazo, como Pérez Reverte. Ayer en el Cultura/s, Sergio Vila-Sanjuán daba en el clavo al especular que un Larsson exitoso y profesionalizado no hubiera producido novelas así. Millenium tiene la imperfecta frescura de la obra escrita desde el deseo no consumado que corroe las entrañas de cualquier novelista inédito.

Por fortuna, las claves de un éxito editorial de esta magnitud constituyen una fórmula irrepetible. Comparar las fórmulas Larsson y Brown es un ejercicio interesante. De entrada, ambos exploran la discriminación de la mujer. Brown se centra en su imposibilidad de acceder a las jerarquías religiosas; Larsson en los severos maltratos a los que la somete la llamada sociedad del bienestar. Lo que les distancia de un modo más claro no es el género, sino el tiempo. Se da una contraposición radical entre el pasado y el presente. Brown apuesta por situar las larvas de sus conflictos en el pasado lejano, apelando a las sociedades secretas y las conspiraciones que alimentan la imaginación de muchos lectores de novelas históricas que no son sino un pálido reflejo de la prensa sensacionalista. Larsson se centra en el presente, reforzando el modelo heroico del periodismo de investigación que cada vez escasea más en el ecosistema mediático. La apuesta de Brown, en cambio, es menos arriesgada. Reproduce el modelo de los coleccionables por fascículos para aplacar la sed de cultura homologada de una clase media que no pudo acceder a la universidad y prefiere las intrigas del pasado a la vida cotidiana. Lo que en Brown es turismo con un barniz culturalista, en Larsson es periodismo con un barniz progresista. Y, francamente, el presente gana de calle (de Kalle).

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 18 de juny de 2009.

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