¿Todos a la universidad?

Examinar a un grupo de alumnos que se examina no es baladí ni redundante. Permite establecer el grado de incertidumbre en el que se mueven. Si el examen al que se enfrentan los examinandos es de selectividad, la situación adquiere unos tintes darwinistas que provocan reacciones curiosas. Por ejemplo, que cualquier poema sea visto como un Objeto Verbal No Identificado, aunque sea de un poeta tan poco oscuro como Carner. Eso es lo que sucedió el martes en la prueba de catalán de las PAU. La pregunta con la que el lingüista Magí Camps remataba su comentario es de lo más oportuno: "¿De verdad queremos personas preparadas o nos preocupa más que no se nos traumaticen?". He ahí la clave de cualquier sistema educativo global. Aunar el progreso inherente a la práctica educativa sin cerrar las vías de reenganche a otras subtramas de la formación. Estos días puede verse una campaña modélica. Es una foto de Andrés Iniesta, vestido de calle, en la que explica que él estudió FP y el grado conseguido en gestión deportiva. Que un héroe de la LFP provenga de la FP y se avenga a salir en tejanos explicando su currículum transforma la Formación Profesional en territorio Champions. El caso mINIESTAdi debería hacer recapacitar a algunos que se obstinan en escalar montañas sin hacer acopio de oxígeno. Los émulos de Iniesta no deben traumatizarse ni tampoco pasar las PAU. Entre los hijos del babyboom de los sesenta, fuimos muchos los primeros de nuestras respectivas familias en pisar una universidad. El grado universitario adquirió tintes de ascenso social que luego no necesariamente se correspondieron con los grados del termómetro económico. Si en los países del Este los regímenes comunistas condenaron a muchos universitarios díscolos a la conducción de tranvías u otros empleos de escasa relevancia, aquí tuvimos un porcentaje similar de licenciados sin ninguna vocación pedagógica encerrados en las aulas de los institutos. Y así nos va.

Hoy, los hijos de todos esos licenciados y doctores transitan con desidia hacia unas aulas universitarias que, tal vez, serán sólo la antesala de una vida laboral discontínua y sin relación ninguna con lo estudiado. ¿Qué hace tanto estudiante no practicante queriendo ser universitario? El deseable progreso intelectual requiere una curiosidad insaciable, empezando por la lingüística, que es la base de todo lo demás. Y la masificación de la universidad, lejos de ser un síntoma positivo del nivel cultural del país, provoca un descenso general del mismo. Que, mayoritariamente, los examinandos esquivasen el poema de Carner en el examen de catalán dice muy poco de ellos. También la elección del texto de la ministra Bibiana Aído en el examen de castellano dice algo, aunque no sé qué, de los examinantes. Nunca he podido olvidar mi último examen universitario. Fue el de traducción inversa al inglés de quinto de Filología Inglesa, en 1986. Teníamos dos horas y media para traducir una página al inglés. Ese año, el vetusto departamento del doctor Guardia, que daba las clases de inglés en castellano, dio dos alternativas, una en castellano y la otra en catalán. Me imagino que introdujeron el texto catalán con una cierta desgana, pero a mí me fue de perlas, porque el castellano era muy complejo, creo que de Borges, y en catalán reprodujeron una página de L'agulla daurada, ese libro memorialístico en el que Montserrat Roig explica sus experiencias en Rusia. Un texto diáfano, con frases SVP y ninguna complicación léxica, que traduje en un periquete. Desde entonces, paso un examen casi cada día.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 11 de juny de 2009.

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