dimarts, 7 de juliol de 2009

Años de quita y pon

La edad puede ser una información clasificada. Basta echar un vistazo a la Contra de La Vanguardia para darse cuenta de ello. Algunos entrevistados revelan sin rubor informaciones tan ambiguas como sus creencias religiosas o adscripción política y, en cambio, se resisten a especificar un dato tan objetivo como la edad. La coquetería femenina actúa como pretexto ideal para esta ocultación, pero cada vez es mayor el número de miembros (por decirlo en lenguaje Aído) que se acoge a la quinta enmienda. Yo mismo, que el pasado 1 de mayo cumplí 46 años, pasé por una época intensamente ocultista. Sucedió hace tres décadas, cuando la cifra de mi edad no coincidía en absoluto con mis intereses vitales, que pasaban por adquirir experiencia en actividades legalmente indicadas para mayores de 18 años. Entre otros detalles, las razones aritméticas me impedían acceder a las jarras de cerveza en mis estancias veraniegas en Irlanda o la Gran Bretaña. El objetivo principal de dichos viajes era la inmersión lingüística pero mi paladar ya se había acostumbrado a la ingestión de ciertos líquidos y la legislación británica chocaba con esos hábitos recientes. Es decir, que no me dejaban entrar en el pub si no acreditaba tener más de 16 años ni pedir una pinta sin haber cumplido los 18. De ahí mi afán ocultista. Como buen extracomunitario que era en el Reino Unido de finales de los setenta, sentí un síndrome de Ulises galopante. Bueno, creo que entonces aún no estaba médicamente descrito como tal, pero yo ya lo sentí. Alguien, como yo, educado en las merendolas infantiles de pa amb vi i sucre no podía comprender cómo le era negada una simple pinta de cerveza por una cifra en un papel. Ese resquemor me empujó a delinquir. Lo reconozco ahora, que ya ha prescrito, igual como han prescrito mis condiciones de menor de edad y de europeo extracomunitario. De hecho, tal como van las cosas, tal vez pronto serán los británicos, los extracomunitarios. En todo caso, mi delito fue venial y poco sofisticado. En connivencia con un amigo vasco que reunía los requisitos aritméticos, fotocopié el dorso de su Dni y lo pegué a la fotocopia del mío. Luego plastifiqué el rectángulo. Era una falsificación muy zafia, porque en aquella época los Dni españoles eran azules y las fotocopias en blanco y negro. En el anverso, figuraba mi nombre y mi foto; en el reverso, la edad del vasco, sus datos y su firma. Nadie se paró nunca a cotejar mi nombre de pila —Màrius Joaquim– con la rúbrica, donde clarísimamente se leía José Luis. Coló.

Hoy recuerdo mi delito (prescrito) al leer la oferta de menú gastronómico joven que Ada Parellada lanza desde su restaurante barcelonés Semproniana. La iniciativa parte de la base que a los jóvenes también les gusta comer (y beber) bien, pero que les frena el precio. Por eso, ofrece “sopars a preu d’edat”. No son “sopars de duro”, sino un menú gastronómico de degustación con precio fluctuante en función de la edad del consumidor, siempre que este sea menor de 30 años. Los ejemplos que la restauradora da en su oferta nos sitúan en la franja perseguida: “si tens 20 anys, pagaràs 20 euros i si en tens 24, doncs, 24” (nótese la presencia del pronom feble en ante la forma verbal tens, prueba evidente del precio, superior a 40 euros, que el redactor de la nota pagaría por el menú). Naturalmente, para que la promoción sea válida, el comensal deberá acreditar su edad presentando el Dni. Y ahí es donde no puedo dejar de pensar en los tremendos avances técnicos de la era digital. Concretamente en el campo del Photoshop y las impresoras en color.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 7 de juliol de 2009.

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