dimecres, 8 de juliol de 2009

Catalunya amarilla

La ola de amarillismo que hoy y mañana invade el territorio catalán me pilla leyendo un librito de Albert Londres, uno de los grandes reporteros del siglo pasado: Los forzados de la carretera. Tour de Francia 1924. Londres empezó en Reims su carrera de cronista, retratando el incendio de la catedral provocado por el ejército alemán en 1914, y desapareció en 1932 tras un naufragio no fortuito en el Golfo de Adén, mientras investigaba a la mafia indochina. La portada que los editores de Melusina han adjudicado a este libro es, obviamente, amarilla. Son las crónicas que este predecesor de Kapuscinski publicó en Le Petit Parisien sobre la ronda francesa de ese año, contextualizadas por el editor con información práctica sobre cada etapa y unos anexos que incluyen las clasificaciones. Como todo buen cronista, Londres retrata el mundo a partir de su objeto informativo. De entrada, impresiona darse cuenta de la dimensión social que ya tenía el Tour en sus albores. El primero se celebró en 1903 con la intención primordial de vender periódicos, concretamente ejemplares de L’Auto, de Henri Desgrange. En 1924 ya duraba dos semanas y reseguía el perímetro del hexágono francés, con un desvío a París. Las etapas tenían una media de 400 kilómetros y los “forzados de la carretera” (aunque yo siempre creí que el cliché era “los esforzados de la ruta”) se pasaban el día montados en la bici. La penúltima etapa de 433 km, entre Metz y Dunkerque, la ganó Romain Bellenger con un tiempo de 20 horas, 17 minutos y 51 segundos.

Más allá de las trifulcas nacionales entre franceses e italianos, el debate más fascinante que se desprende de estas crónicas es, aún hoy, vigente. Un bretón, anonadado ante el esfuerzo de estos colosos, exclama: “Es triste. ¡Se aflojan doscientos cincuenta mil francos por un caballo para dos minutos y medio, y se da calderilla por unos hombres que hacen más que los caballos!”. Albert Londres reproduce una escena digna de Woody Allen protagonizada por Ottavio Bottecchia, ganador de ese Tour y del siguiente. Un espectador henchido de fervor opina: “Mirad a Bottecchia: ¿suponéis que si Rockefeller le hubiera ofrecido cincuenta billetes en la cima del Tourmalet hubiera abandonado? No. Porque Bottechia tiene un ideal”. A lo que un compañero de pelotón replica: “Sí. Comprar un terreno en su Italia natal, construirse una casa, que para eso es albañil, y plantar sus espaguetis... (sic)”. El espectador se ofende ante lo prosaico de la apreciación: “¡Qué va!” Y entonces Albert Londres hace aparecer al propio Bottecchia, puntualizando que eso es exactamente lo que querría: la casita, los espaguetis... Algo que nunca alcanzaría, tal como descubrimos en una nota a pie de (otra) página: “Ottavio Bottecchia (1894-1927), ganador de los Tours de 1924 y 1925, fue muerto a pedradas por un campesino que sospechaba que estaba robando en su viñedo”.

En 1924 un ciclista dando vueltas por Francia en coulottes era un viajero sin maleta. La mayoría de participantes lo hacía por su cuenta y riesgo, sin equipo ni apoyo exterior alguno, buscando la gloria y los premios. Cuando un corredor francés llamado Souchard abandona en Perpiñán, con las rodillas cortadas, pregunta “¿A quién podría comprar un traje de civil?”, y un espectador le ofrece rápidamente su tienda. Londres explica: “En cada etapa los sastres acechan los abandonos. Todos son amables, entusiastas y comerciantes”. Me pregunto quiénes deben ser los comerciantes amables y entusiastas que hoy y mañana, en Barcelona, harán el papel de esos sastres.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 9 de juliol de 2009.

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