El trabajo dignifica

Unos amigos atraviesan el Pont del Treball por enésima vez y se dan cuenta de una novedad que hasta ahora les había pasado desapercibida. Leen “Pont del Treball Digne”. Les choca el adjetivo, no porque no crean en la dignidad de según qué trabajos, sino porque son del barrio y no sabían que el trabajo de este viejo puente fuese calificado de ningún modo. Mis amigos son votantes potenciales de Iniciativa, pero se llevan un choteo que no veas con lo del trabajo digno. Su percepción es que la izquierda a la que solían votar se ha encallado en los detalles ornamentales. Eso, en el mejor de los casos, porque también hay quien sostiene que se han vendido al capital y que, para disimular, se dedican a las cortinas de humo. Asalto la red a la búsqueda de esa dignidad adquirida. Humo no detecto, pero una cortinita estor de color beige deja al descubierto una placa de “Carrer del Pont del Treball Digne” en un día D (¿de dignidad?). Asisto al emocionante momento en un video que no figurará entre los más vistos de Youtube a menos que este runrún sea secuestrado. Cuando acciono el play para verlo lleva la friolera de 87 visionados desde octubre. No llega a diez visionados al mes. Claro que el acto tampoco da mucho de sí: discursos cruzados (por el realizador) de los sindicalistas Joan Coscubiela y Guy Ryder en el jubiloso día en el que el puente adquirió dignidad adjetiva y, por tanto, cambió de nombre. Coscubiela en octubre ya hablaba de la crisis. Ryder anuncia, en un idiolecto prodigioso que pasa del catalán al castellano con deje portugués, una movilización sindical planetaria que se iniciará al día siguiente, 7 de octubre. Los aplausos son cansinos, pero el adjetivo añadido provoca una evidente satisfacción en los oradores. Todo es más bien simbólico y difícil de relacionar con alguna mejora concreta. Mis amigos, que no sabían del origen tan reciente de la palabra “digna”, insisten en una paradoja flagrante: el estado del puente es cada vez más lamentable, con lo que el “Pont del Treball Digne” podría ser tildado de “indigne” sin ninguna exageración.

Cuando, hace años, monté con mis amigos Miquel Sesé y Anna Genís una productora de juegos de palabras, fuimos a parar a un despacho en el Guinardó que tenía una peculiaridad. Nuestro buzón de correos estaba justo al lado de una pareja cuyos nombres parecían inventados por mi para ejemplificar la naturaleza de nuestros productos. A él sí puedo cambiarle el nombre sin que afecte al efecto. Pongamos que se llamaba Juan García Pérez. Su esposa, en cambio, se llamaba (se debe de llamar aún) Digna Pena. Y en el buzón, por aquello del convencionalismo matrimonial, constaba como Digna Pena de García (es decir, aquí el señor Juan García y aquí, su digna pena). Siempre me gustó especular sobre el motivo que había empujado a los padres de la señora Digna a llamarla así. Debieron de sentir la necesidad de suavizar la carga negativa que les transmitía el apellido Pena, cuyo portador más desacomplejado montó una tienda de artículos fotográficos y puso en el rótulo “Foto Pena”. Esta absurda inseguridad antroponímica subyace en el cambio de nombre del “Pont del Treball” y en muchas de las absurdas batallas terminológicas en las que se han enfrascado no pocos políticos ecosocialistas. La misma inseguridad que ha presidido el paso por Interior del conseller Joan Saura, hasta el punto de empujarle al fin de su etapa como dignatario. En vez de invertir en adjetivos, podrían restaurar el puente o, en su defecto, abrir una sucursal de la cadena “Foto Pena”.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 28 de juliol de 2009

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma