dilluns, 27 de juliol de 2009

Hacer el agosto

Ya llega el mes más invocado en tiempos de bonanza, cuando todo va bien y nada parece complicado, de modo que la gente se aplica a “hacer el agosto” con alegría. Siempre me ha fascinado la formación de esta frase hecha con el mes instaurado en memoria del emperador Octavio Augusto. Sobre todo porque, más allá de los usos antiguos, remite a un modelo económico que hoy deberíamos estar revisando. En realidad, “hacer el agosto” guarda relación con la agricultura. Aludía a la recolección, y significaba almacenar la cosecha de cereales y semillas. En La gitanilla de Cervantes, por ejemplo, leemos: “Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos a cogerlos. Hecho, pues, su agosto y su vendimia, repicó Preciosa sus sonajas...” Como se ve, por extensión pasó de la viticultura a los baños del Tío Gilito, y al final ha acabado como sinónimo de lucrarse. Cuando el aperturismo nos hizo llegar el turismo, la nueva situación modificó no sólo nuestros mejores paisajes sino también hábitos, costumbres y modelos de negocio. La generación que hoy navega por las turbias aguas de la prejubilación lo vivió en primera línea. Hace cuatro décadas las constructoras empezaron a colonizar la costa con cemento, los payeses vendieron sus tierras y el comercio exploró nuevas maneras de llenar la caja, a la caza de la divisa perdida. Eso dio un protagonismo descomunal al mes de agosto, hasta el punto de transportarlo a la fraseología popular como signo de riqueza, para gran desespero de los comerciantes urbanos, para quienes “hacer el agosto” era todo lo contrario. En mi barrio, las dos semanas centrales de agosto transformaban las calles más comerciales (como los paseos de Fabra i Puig o Pi i Molist) en una reproducción asfaltada del desierto de Kalahari. Las tiendas cerraban, las calles se vaciaban y los pocos consumidores activos que quedaban “bajaban a Barcelona”, es decir al centro, para comprar. En cambio, en la costa la situación era la contraria. Muchos establecimientos abrían sólo durante el verano, en zonas de grandes aglomeraciones turísticas, y se hinchaban a vender de todo. Es decir, hacían su agosto. Durante dos, tal vez tres meses, pero sobre todo en agosto.

Este fenómeno tan natural, que la oferta busque la demanda donde la haya, dio paso a un modelo económico que se ha demostrado muy frágil. Pongamos, por ejemplo, los apartamentos en primera línea de mar que pueblan kilómetros y kilómetros lineales de costa cementosa. En algunos casos, el precio que un propietario podía (puede) sacar por el alquiler correspondiente al mes de agosto era (es) superior a la suma de los once meses restantes. Esta descompensación tan salvaje generaliza las ganas de hacer el agosto a toda costa (y nunca mejor dicho). Se focaliza todo el interés en el momento de conseguir la plusvalía más elevada y las otras posibilidades de negocio quedan desenfocadas o en una zona de penumbra. Este comprensible afán de riqueza limita la paleta de colores, reduciéndolo todo a una vía (rápida) de lucro y prescindiendo de todas las demás. Tocho y sombrilla. O, por ser sibilantes, aquella doble SS del Sex, Sun, Sand & Sangría. Busco en la fraseología otras expresiones que incluyan meses del año y sólo hallo dichos meteorológicos del tipo “en abril, aguas mil”, “març, marçot mata la vella i la jove si pot” o “en mayo no te quites el sayo”. Es urgente para nuestra economía que hagamos enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Y que los amantes de hacer el agosto hagan vacaciones.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 30 de juliol de 2009.

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