dijous, 23 de juliol de 2009

Me gustan las enfermeras

El “terrorífico error profesional” que llevó a la muerte al bebé Rayán en Madrid ha suscitado todo tipo de reacciones, aderezadas ahora por la posible indemnización que recibirá su desconsolado padre, que le perdió tras quedarse viudo. Como es bien sabido, la madre de Rayán fue la primera víctima mortal de la gripe A en España, estando embarazada y tras tres visitas infructuosas a urgencias. Como es bien sobado, las desgracias nunca vienen solas y el bebé superviviente murió a las dos semanas al recibir alimentación por vena en vez de por sonda. La persona que cometió este error fatal no tenía ninguna experiencia en neonatos y confundió un frasco por otro. La depuración de responsabilidades incluirá a las supervisoras de planta. Según la Asociación de Víctimas de Negligencias Sanitarias (AVINESA), si el juez considera que ha habido responsabilidad penal por mala praxis médica, las enfermeras implicadas podrían enfrentarse a dos años de cárcel, que no deberían cumplir si no tienen antecedentes penales. Esta circunstancia podría evitarse si la familia llega a un acuerdo económico con el hospital y no lo denuncia. Dado que el director gerente del Gregorio Marañón, Antonio Barba, salió al paso inmediatamente reconociendo el “terrorífico error profesional” que había provocado la muerte de Rayán, el caso casi se limita a cuantificar la indemnización debida. Barba ha sido criticado veladamente por algunos profesionales sanitarios, incomodados por su claridad, pero mayoritariamente alabado por una reacción tan inmediata ante un caso tan doloroso, eludiendo todo tipo de subterfugios. Como es lógico, la muerte de Rayán aviva otros debates complejos, como la xenofobia que se desprende de algunas reacciones ante la tragedia y, sobre todo, el modelo sanitario que defiende la presidenta de Madrid Esperanza Aguirre. Pero es la actitud del director gerente del hospital lo que llama la atención.

Barba hizo lo debido y las negligencias deben ser castigadas, más aún si tienen unas consecuencias tan trágicas, pero ¿hubiera reaccionado con la misma claridad y contundencia si en el trágico error hubiese estado implicado un médico? La historia de las negligencias médicas es un libro con muchas páginas en blanco. El alto voltaje emocional que envuelve la enfermedad y la muerte provoca que muchos familiares vean fantasmas donde no los hay, pero también es cierto que los errores médicos, que de haberlos haylos, topan con un mutismo atávico que parece emanar de los fonendos que distinguen a los doctores de quienes no lo son. El sanitario es un mundo jerárquico, y el personal de enfermería es la tropa. Carne de cañón. Las mujeres no tuvieron acceso a los estudios de enfermería hasta 1956, coto privado de los llamados “practicantes” hasta entonces. Durante veinte años se impartieron los estudios de ATS (Ayudantes Técnico Sanitarios), dándose la irónica coincidencia que un TS (Técnico Sanitario) era en aquellos tiempos un desratizador. Sólo en 1981 empezó, aquí en Catalunya, la primera promoción de enfermería. Enfermeras y enfermeros pasan más tiempo que nadie con el enfermo. Soy un fan de las enfermeras. Las hay angelicales, cuyo mero trato es curativo, y las hay prusianas, capaces de despertarte a las tres de la mañana a grito pelado para medicarte. Las hay abnegadas, las más, y también perezosas. Dulces y adustas, coquetas y dejadas, gordas, delgadas, fumadoras furtivas y furibundas antitabaco. Pero todas están ahí cuando más las necesitamos. No merecen que ahora empecemos a considerarlas sospechosas.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 21 de juliol de 2009

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