dimarts, 14 de juliol de 2009

¿Son robos o sobornos?

Rita Barberà es impagable. Para defender a su correligionario Camps, alude a las anchoas que el presidente cántabro Revilla regala a Zapatero. Barberà cita el artículo 426 del Código Penal, donde puede leerse que "la autoridad o funcionario que recibiere una dádiva o un regalo en consideración a su función incurrirá en la pena". Y tras el lógico chaparrón de reacciones, algunas de sal gruesa, sale feliz como una perdiz y remata que a) su ejemplo sólo quería dar énfasis a lo absurdo de la legislación sobre dádivas (a divas de la política, como Camps) y b) que el presidente de Cantabria le ha dado "las gracias por hacer publicidad de sus anchoas, que son buenísimas". No tengo constancia de ninguna reacción del alcalde de L’Escala, y la verdad, no sé a qué espera. Los alimentos emblemáticos de cada lugar son muy usados como regalos de cortesía por parte de las autoridades locales, ávidas por reforzar la fama de su D.O.: vas a Mallorca y te agasajan con una sobrasada; en Cardedeu, sales con unos borregos bajo el brazo; en Menorca, ginet; en Vilafranca, catanias; en sant Sadurní, cava; y así... Pero si un día vas a La Garriga a presentar un libro en su dinámica biblioteca, pongamos por caso, es muy raro que vuelvas a casa con un armario ropero en la baca del coche, y tampoco en Martorell te regalan automóviles con facilidad.

Los expertos en la cuestión dadivosa matizan que la diferencia entre un regalo de cortesía y ese delito llamado soborno depende de diversas variables: valor económico, momento del obsequio (antes o después del bacalao), relación entre donante y receptor, contrapartidas asociables a la dádiva... El valor económico es lo más fácil de legislar. De ahí que algunos países traten el asunto como quien organiza un amigo invisible y establezcan un precio máximo. Es el caso de los Estados Unidos, donde los obsequios a cargos públicos no pueden rebasar los 20 dólares, una miseria. Compruebo que una pandereta de medio kilo de anchoas cantábricas en aceite estaría al límite (cotiza a unos 15 euros), pero como en el mercado libre prima la renta variable, ¿quién dice que la anchoa no se vaya poner, en cuestión de semanas, a precio de caviar y esa misma dádiva legal ya sobrepase el límite? También debería ser relativamente sencillo documentar la identidad de obsequiantes y obsequiados. Si ambos trabajan en la empresa privada es una cosa. ¿Qué sé yo?, me lo invento: una editorial invita a un puñado de periodistas a una ciudad exótica para la presentación de un libro para que ejerzan mejor su tarea informativa, y luego les llena la maleta con dádivas diversas. Incluso podría darse el hipotético caso que un autor literario invitara a críticos y miembros de jurados susceptibles de premiar su obra a pasar unos días en su casa de la costa, a pan y cuchillo, navegando a discreción. Como ya sabrán, la palabra prestigio tiene truco: procede de la voz latina praestigium, que designaba la ilusión causada por los trucos de un mago.

Pero la ilusión de estos engaños tan prestigiosos pierde toda la magia cuando el donante dadivoso en cuestión tiene una empresa privada que aspira a conseguir contrapartidas de la administración pública en la que trabaja el receptor de sus detallazos. El escritor venezolano Darío Lancini tiene un libro de palíndromos espectacular, pertinentemente titulado Oir a Darío, entre los que destaca uno especialmente indicado para la ocasión: “Son robos, no sólo son sobornos”. Resulta maravilloso que la palabra “sobornos” desentrañe su significado leída del revés: “son robos”.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns 13 de juliol de 2009.

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