dilluns, 21 de setembre de 2009

El Ángelus de Millet

Este fin de semana he releído El mito trágico del Ángelus de Millet. Escrito en francés por Salvador Dalí al principio de los años treinta, no fue editado en Francia hasta 1963 por Jean-Jacques Pauvert. En 1978 Tusquets publicó en español una edición más completa, a cargo de Oscar Tusquets, con documentación gráfica de Robert Descharnes y la traducción del poeta Joan Vinyoli, que figura en los créditos con la grafía de sus primeros textos de creación: Joan Viñoly. Yo lo debí leer a primeros de los ochenta. Entonces Dalí me fascinaba (ya se sabe que gent jove, pa tou) y caí rendido ante su habilidad por transformar una de sus paranoias en el método paranoico-crítico. Su obsesión por la conocida pintura de Millet le llevó a ver lo invisible en una de las imágenes más divulgadas en los hogares franceses. El cuadro muestra a una pareja de campesinos rezando ante una cesta de patatas, entre una horca clavada en la tierra y una carretilla. Dalí, obsesionado con el sexo y la muerte, vio algo raro donde todo el mundo se limitaba a ver el rezo en la hora del Ángelus. Leo en la página 69 de la edición de Tusquets: “Esta actitud comporta a mi modo de ver un factor exhibicionista, un factor expectante y un factor de agresión clarísimos. Está claro que se trata de la típica postura de espera. Es la inmovilidad que preludia las violencias inminentes”. Les ahorraré la verborrea surrealista sobre la mantis religiosa y las analogías sexuales de la carretilla, pero la sensación que la apacible imagen ocultaba algo turbio se confirmó cuando los rayos X permitieron establecer que, en un principio, Millet había pintado un ataúd que luego tapó con las patatas. Es decir, que los campesinos oraban por un hijo muerto pero el artista, por miedo a que lo tremendo de la escena echara para atrás a la clientela, decidió tapar el ataúd y edulcoró la imagen. Hasta que la paranoia crítica de Dalí lo destapó.

Una buena dosis de método paranoico-crítico hubiera sido deseable para destapar mucho antes el lamentable caso de otro Millet llamado Fèlix. Su carta de confesión pública de cínico latrocinio ha conmocionado a la sociedad catalana, causando el sonrojo entre propios y la indignación entre extraños. Junto a la batería de atenuantes con los que el viernes su abogado respondió a las preguntas de Manel Fuentes en Catalunya Ràdio, cabría tener en cuenta un agravante de aquí te espero: el olímpico cinismo con el que actúa quien, mientras mete mano en la caja, se pasea por el mundo defendiendo la cultura como valor supremo y recibe medallas que le acreditan como modelo de conducta. Millet tapó con brocha gorda sus delitos, pero su engaño prosperó por la inmensa distancia que separaba lo que representaba y lo que en realidad era. Por eso engañó al más taimado. Me limitaré a un ejemplo: el miércoles 20 de febrero de 2008, el suplemento Cultura/s publicaba un artículo del siempre informado Xavier Bru de Sala dedicado al centenario del Palau de la Música, donde podíamos leer cosas como “una gestión modélica bajo la afinada batuta de Fèlix Millet” o bien “la otra clave del éxito es el modelo de gestión, ideado y engrasado por Fèlix Millet”. Ahora que ya sabemos qué tipo de grasa usaba el gran hombre, deberíamos apostar por el método de Dalí para descubrir cuántos otros cadáveres putrefactos se esconden bajo el manto de la honorabilidad. La sombra del cinismo es tan alargada como la lista de cargos (honoríficos y no) que ostentaba Millet, a los que cabe añadir los que ahora se le imputan. El cinismo es el mayor generador de desafección y hostilidad.


Màrius Serra. La Vanguardia. 21 de setembre de 2009.

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