Jugando al whist

Una de las novedades editoriales que acaban de aterrizar en las librerías se titula Els jugadors de whist (Empúries). Búsquenla ya, porque vale la pena. Es la mejor novela de Vicenç Pagès, un autor de Figueres con casi dos décadas de trayectoria que aquí se propone retratar una época y no solo da en el clavo sino que retrata dos. La novela anda llena de referentes pop en los que nos reconocemos los nacidos en los sesenta, pero también es un texto rabiosamente contemporáneo, apto para jovencillos alfabetizados, ejem, en la era digital. El protagonista (Jordi Recasens) es un fotógrafo en crisis que vive instalado en el garaje de su domicilio conyugal, mientras su mujer sigue en la casa adosada y su hija se casa con un joven (Bad Boy) que no resulta de su agrado. En cambio, una amiga de los novios (Halley) atrapa toda su atención hasta dejarle embelesado. Poco a poco, iremos sabiéndolo todo del fotógrafo (de bodas) Recasens. Pagès cuadra el círculo de la fluidez narrativa mediante el uso de materiales dispares, como diarios, posts y listas, lo que en otras manos podría acabar en una cargante carrera de obstáculos. En cambio, aquí lo fragmentario forma parte de un todo que no renuncia nunca a ser relato, pero sin recurrir a las técnicas narrativas más trilladas. La voz narradora no se priva de dejarse oir de vez en cuando y Figueres, con su castillo en primer plano, deviene un mapamundi literario nada ornamental. Pagès recorre la ciudad de su infancia, pero cuando le viene en gana conecta el GPS e imprime a su prosa un ritmo propio de Google Earth. El travelling transmediterráneo que, partiendo de Figueres, acaba en el crucero donde se desarrolla el desastroso viaje de novios de la hija y Bad Boy es prodigioso. En una novela breve titulada Carta a la Reina d’Anglaterra (1997) Pagès ya había conseguido narrar de un modo convincente mil años de la vida de su protagonista (Joan Ferrer) en solo cien páginas. Aquí, reincide con una pieza digna de figurar en cualquier crestomatía de recursos estilísticos. Lástima que el whist del título desconcierta más que acierta. Era el juego de cartas preferido de Phileas Fogg, pero Jordi y sus amigos de infancia llamaban whist al juego que les permitía decidir a qué jugarían cada día durante el verano. Un juego de juegos del que forman parte todas las piezas diversas que componen la novela, incluidas las múltiples referencias cinematográficas y musicales.

Pocas veces hallamos en una misma novela tantas escenas memorables. El episodio determinante de la infancia que acabará por emerger me recordó el gérmen de El quinto en discordia de Robertson Davies. La sensacional escena de cuernos en Londres que acabará por determinar la relación de Recasens con el adulterio me hizo pensar en John Irving. En el uso constante de listas y enumeraciones para situar al lector ante nuevos personajes vi al Perec de La vie: mode d’emploi. Las apariciones de la voz narradora (que al final sabemos plural) no parecen hijas ni de Pirandello ni de Unamuno, sino más bien de Nabokov. Aunque lo que diferencia al gran Humbert Humbert del Recasens de Pagès es el deseo, aplacado aquí por el bromuro del patetismo. Aún así en Halley descubrimos algunos rasgos que siempre sospechamos en Lolita y Nabokov no nos corroboró. Els jugadors de whist es una novela diáfana, divertida y espumosa como un buen shandy. Una novela que no debería pasar desapercibida. Si Pagès escribiese en castellano los voceros de la generación Nocilla le encumbrarían. No me sean pacatos y léansela. Ya me dirán.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 10 de setembre de 2009.

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma