dilluns, 28 de setembre de 2009

Por su seguridad

En la línea azul del metro de Barcelona, un niño que lleva siete paradas dando la vara con una pelota recibe, por fin, una muestra clara de repulsa por parte de su madre. El bofetón resuena límpido en el silencio mestizo del vagón. Tanto que atrae las miradas de la mayoría de pasajeros. Es un cachete seco, que ilustra a la perfección el conocido verso de Serrat “niño, deja de joder con la pelota”. El niño lloriquea, abrazado al balón, y empieza a pronunciar frases más o menos ininteligibles que terminan todas en por qué. La madre abre los brazos y le acoge en su seno (materno, claro), con un gesto que a mí me parece digno de una mantis religiosa. La escena cautiva por igual a los pasajeros que habíamos llegado a odiar al chaval de la pelota y a los que acaban de incorporarse al oir el cachete. El convoy llega a una parada. La madre, amorosa, le suelta “es por tu bien”, y luego se extiende en susurros que no acierto a captar. ¡Por tu bien! ¿Cuántas veces, en la adolescencia, no oí esas mismas palabras en casa o en la escuela? Por las puertas abiertas parece colarse la banda sonora de una película que aún no ha rodado Isabel Coixet. Observo que todas las miradas siguen fijas en esa tierna escena de reconciliación. Justo en ese climático momento, una voz de dicción impecable proyecta por los altavoces de la estación uno de esos mensajes pregrabados: “Per la seva seguretat, aquesta estació està dotada de càmeres de videovigilància”. Un mensaje que casi me suena tan familiar como el de “es por tu bien”. La de meses, o años, que debo llevar escuchándolo aquí en el metro, sin reparar en él. Recuerdo el debate social, hoy prácticamente agotado, que provocaron las cámaras de videovigilancia en lugares públicos. Hoy me fijo en la primera parte de la sonsonia, la que invoca a mi seguridad para justificar que se me filme. ¿Por mi seguridad? A mí me da igual que me videovigilen en el metro, pero ¿hace falta que apelen a mi seguridad? Cuando, dos paradas después, piso el andén de mi estación escucho otro mensaje pregrabado: “Per la seva seguretat, està totalment prohibit baixar a la zona de vies”. Caray con mi seguridad. Empiezo a creer que pretenden venderme un seguro de algo.

Las prohibiciones a palo seco son un tabú emergente. Vivimos en el reino de la vaselina, que rima con moralina. Todos los mensajes públicos de prohibición llevan coletilla justificativa. Si no puedo circular a más de equis quilómetros por hora, siempre es “per la meva seguretat”. Gracias, hombre. Me quedo encallado por culpa de unas obras y leo con estupefacción “estem treballant per a vostè”. Ah, pues muchas gracias. Ya creía que no podrían sorprenderme con ninguna justificación para prohibir fumar, sabiendo como sé que el tabaco perjudica gravemente la salud, pero entro en un Starbucks y topo con un cartel en el que lo justifican para mantener la calidad y el sabor del café. Seguro que está científicamente probado, pero si hay algún sabor asociado al tabaco, ese es el del café. En esas andamos cuando salta a los papeles el primer petardo en la larga traca que han preparado para intentar ensordecer la carrera política de Laporta: el caso de los vicepresidentes de Barça investigados. Cuando escribo estas líneas ya la traca sigue con la banda sonora de la brasileña Flavia Massoli. Pero antes escucho al director general del Barça, Joan Oliver, justificar las “auditorías de seguridad” que impulsó el pasado mes de abril para investigar a los cuatro vicepresidentes con aspiraciones de suceder a Laporta. “Va ser per la seva seguretat”, le oigo decir.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 28 de setembre de 2009.

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