divendres, 30 d’octubre de 2009

Añoranza de Ronaldinho

Antes del Real Madrid-Milan el foco volvió a fijarse en Ronaldinho. Luego, su aportación a la victoria milanista fue mínima, pero antes del partido hubo una cierta operación retorno. Revivimos sus goles en el Bernabeu y volvimos a ver mil veces las imágenes del señor del bigote que pasará a la posteridad por sus aplausos al gran rival. Por cierto, que el día del verbo endosar en subjuntivo (en-2-6) el gentil palmero debió ir al Bernabeu con pasamontañas, para no ser pillado otra vez in fraganti. ¿Estaría también el martes en Alcorcón? El escritor Jordi Puntí me dio a conocer un término alemán que define lo que me ha llevado a introducir el topónimo Alcorcón en este artículo: Schadenfreude. Según el diccionario Webster es el “placer obtenido gracias a los problemas de los otros”. Dejemos, de momento, los problemas ajenos y volvamos a Ronaldinho. El gaúcho parece empeñado en encarnar esa letraza que José Feliciano añadió a la “Samba pa ti” de Santana: “Soy la sombra de una pena, soy el eco de un dolor...” Su caída es casi tan fulminante como lo fue su auge. Justo cuando la sólida arrancada de Ibrahimovic ha aplacado la añoranza por Eto’o, Ronaldinho ya parece un jugador del siglo pasado. Su venta a la baja, que coincidió con la llegada de Guardiola, es uno de los mejores negocios que ha hecho el Barça. Y sin embargo, Ronaldinho fue muy querido y pocos culés podrán sentir hoy el más mínimo Schadenfreude por sus problemas. Pues bien, esta columna pretende explicar la extraña razón de peso por la que esta semana he añorado a Ronaldinho.

El jueves pasado los jugadores del Barça, que empezaban a preparar su glorioso set tenístico ante el Zaragoza, recibieron una visita muy especial. Justo antes del entreno, Guardiola quiso que Messi, Xavi, Puyol y compañía escuchasen a una periodista de Catalunya Ràdio. Elisabet Pedrosa es autora de un libro titulado Criatures d’un altre planeta (La Magrana) en el que cuenta la historia de su hija Gina, aquejada con el síndrome de Rett y, por tanto, acreedora del título oficial de pluridiscapacitada. Gina ha estado en los mismos centros para quietos en los que estuvo mi hijo Llullu antes de fallecer. Hoy hace una semana lució ante la plantilla del Barça su sonrisa eterna, siempre acompañada por su hermano Pol, que debió lucir cara de alucinado. Tras leer el libro, Guardiola pensó que a sus triunfantes chicos tal vez les vendría bien conocer una realidad tan detonante, de modo que Pedrosa les pasó un video y les habló de la enfermedad que ha transformado a su hija en una criatura de otro planeta. El acto tuvo también una parte invisible, en forma de donación económica para la investigación del síndrome de Rett, una causa a la que Pedrosa destina muchas energías. Y aquí es donde entra el término alemán que me regaló Puntí. Pero ese ambivalente Schadenfreude nada tiene que ver con los problemas de Gina. Si he pensado en él en este contexto es por la fuerza de una paradoja. Guardiola decidió, porque está facultado para ello, donar la cantidad recaudada durante la última temporada por las sanciones económicas que los jugadores reciben si llegan tarde a los entrenos o faltas similares. La única condición fue no hacer pública la cantidad, de cinco cifras.

En este punto es donde reconozco haber sentido algo de Shadenfreude, al alegrarme de los problemas ajenos que representa ese dinero. Y, acto seguido, me he visto atacado por una dosis masiva de añoranza por Ronaldinho y compañía. ¿Se imaginan el bote de las multas en un Barça con Ronaldinho, Deco y Eto’o?


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 29 d'octubre de 2009

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