dimarts, 27 d’octubre de 2009

Erraticidios ejemplares

Hoy se celebra el día del corrector, esa figura tan incómoda como imprescindible para que los textos circulen con una cierta garantía. Su inscripción en el tupido calendario de días dedicados a oficios toma como pretexto el nacimiento, el 27 de octubre de 1467, de Erasmo de Rotterdam, que ejerció de corrector en los albores de la era Gutenberg. Con motivo de este fasto, el sábado se celebró en Madrid la tercera edición de la “cacería de erratas”, una especie de gimcana verbal organizada por la Unión de Correctores que también se celebra en México y en Buenos Aires. Se trata de un acto reivindicativo de funcionamiento muy simple: los participantes salen a la calle con una cámara dispuestos a cazar erratas ortográficas en placas, carteles, anuncios, cartas de restaurante y todo tipo de textos públicos. Al final de la cacería, un jurado evalúa la cosecha y las mejores piezas reciben un ejemplar del Manual del español urgente de la Agencia Efe. Leo que en la última edición triunfaron unos espectaculares “abujeros”, pero la mayoría de faltas detectadas no son tan detonantes: tildes, mayúsculas y errores por hache o por be. En todo caso, basta seguir con una cierta constancia la sección “La foto del lector”, aquí en la página anterior, para conocer las enormes posibilidades de estos safaris foto-ortográficos también por tierras catalanas.

La figura del corrector lingüístico suele ser tan poco celebrada como una ortodoncia. Pocos permiten que les corrijan sin indisponerse o contraatacar. Incluso entre los profesionales de la escritura. Conozco casos de autores literarios con un pésimo nivel ortográfico, tanto en catalán como en castellano, capaces de apelar a su libertad creativa para zafarse de las sensatas sugerencias de un corrector editorial. En otros gremios, la corrección ortográfica sigue generando una gran inseguridad social, aunque en una sociedad bilingüe como la catalana muchas de estas turbulencias se disfracen de debates pseudopolíticos. Aquí es donde se evidencia más claramente la gran distancia entre la oralidad y la lengua escrita. Las frívolas opiniones que lanzan algunos sobre el habla en doblajes cinematográficos, colaboraciones radiofónicas o discursos políticos no las sostiene nadie en referencia a los textos escritos. Por fortuna, mucha gente se avergüenza íntimamente de su nivel ortográfico, y usa el corrector automático con un aire clandestino, no exento de una cierta sensación de culpabilidad. En el caso del idioma catalán, cada año del último cuarto de siglo se incorpora una generación más que ya no puede blandir la excusa de no haberlo estudiado. Esta íntima inquietud provoca malestar, porque nuestra sociedad tan poco culturalista aún mantiene la percepción general que el dominio ortográfico es un indicador muy visible y fehaciente del nivel cultural de cada cual. Si las nuevas generaciones rompen con esta convención se producirá un cambio de paradigma que ríete tú de la era digital, el libro electrónico, las confidencias por Twitter y el cortar y pegar de la Wikipedia. Alguien que habla mal de los correctores es alguien que se siente lingüísticamente inseguro y, además, no tiene ninguna intención de aprender.

Aunque no todas las erratas son iguales. Isaac Disraeli.k.Isaac Disraeli; les dedicó un delicioso capítulo en uno de los volúmenes de Curiosities of Literature. En él explica que vio una edición de la Biblia retirada por el arzobispo de Canterbury por lujuriosa. El impresor había omitido la partícula negativa del sexto mandamiento, de modo que se leía “Thou shalt commit adultery”. Alegría.


Màrius Serra. La Vanguardia. 27 d'octubre de 2009.

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