dimarts, 6 d’octubre de 2009

Fans de Fortuny

Sí, soy un fan declarado de mi compañero en la página de crucigramas, el gran Jordi Fortuny, que firma sus creaciones en este diario desde el 1 de diciembre de 1985 con su apellido, aunque en otros tiempos y otros lugares gastó pseudónimos muy sandungueros: Jordi Natilles (Rodamón), El crucigramero fino (Guía del Ocio), Renato Corazones (Lib) u O crucigrameiro louco (Muchas Gracias). Pero este artículo no va por él, sino por un Fortuny que sí era pseudónimo: el del consultorio sentimental de Montserrat Fortuny. Este jueves el Sense ficció de TV3 emitió Querida doña Elena, un estilizado documental epistolar sobre el mundo en blanco y negro que suscitaban las cartas al consultorio de belleza femenina Elena Francis. Preguntas terribles y respuestas temibles que dibujaban el contrapunto femenino a las hazañas masculinas que relataba el No-Do. Uno de los efectos colaterales de este interesante documental ha sido la reivindicación, por parte de algunas oyentes, del otro consultorio de la época, que venía firmado por Montserrat Fortuny y patrocinado por los Laboratorios Eupartol. Ambas franquicias se emitían desde Barcelona, en la misma bella lengua nunca impuesta, pero Fortuny cubría lo que ahora denominaríamos ámbito comunicativo catalán. De ahí la idiosincrática fonética que desprende Fortuny, aunque su voz fuera la de Mercedes Laspra y su alma la valenciana María Rosa Clavel, fallecida hace pocos meses en Valencia. El cerebro de Montserrat Fortuny era hija de Vicente Clavel, que ha pasado a la historia por ser el padre del Día del Libro. Y de la Rosa, lo que llamándose Clavel no deja de tener su aquel.

En la hemeroteca de La Vanguardia (3/II/1984) recupero la noticia del fin del consultorio de Elena Francis meses antes del debut del crucigramista Fortuny. La firma Maria Elena Alié (escrito en mayúscula y sin ningún acento, supongo que por la dictadura de los cajistas): “El consultorio radiofónico femenino más célebre del país en los años posteriores a 1950 decidió hace dos días y sin previo aviso poner punto final a una trayectoria de casi treinta y cuatro años”. En la misma página, una columna de Lorenzo Gomis valora la importancia de los consultorios y constata que aún queda el de doña Montserrat Fortuny, que empezó en 1930 y todavía seguía en la antena de Radio España de Barcelona en ese lejano 1984. Luego Gomis aventura que los consultorios sentimentales volverán, como así ha sido, “no sé si por la televisión canalizada, el video alquilado o el ordenador personal”. Finalmente, articula un comentario que, 25 años más tarde, continúa siendo válido: “No se diga que es la moral de otra época. La época es la de Azaña y Macià. Y la moral, la de Reagan y Thatcher”. Seguro que hoy no nos costaría demasiado hallar dos nombres equivalentes a Reagan y Thatcher. ¿Qué tal Rouco y Varela?

Josep Rovira, en la entrevista que Joan Salvat le hizo antes de la emisión del documental por TV3, dijo que Elena Francis era la única interlocutora y ahora las fans de Montserrat Fortuny quieren reivindicar a su competencia catalana. Ojalá alguien hallara el material que lo hiciera posible, claro. Tal vez eso permitiría contraponer cartas de épocas distintas: la republicana y la franquista, sí, pero también las de los años ochenta. Y así, ilustrar la idea de Gomis. Porque en este estilizado Querida doña Elena el hecho de montar todo el documental sólo con las cartas y las respuestas transmitía una cierta idea de pasado sin ninguna conexión con el presente. Y no.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 6 d'octubre de 2009.

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