dilluns, 12 d’octubre de 2009

Hoy llega la gripe E

Tal día como hoy, mi amiga Conxa Torrent solía levantar la puerta metálica de la añorada librería “Xoc (la llibreria amb begudes)” en el paseo de Fabra i Puig de Barcelona y se ponía a trabajar tan ricamente. Cuando los vecinos de Vilapicina le preguntaban por qué no cerraba como hacía los domingos y otras fiestas de guardar, ella siempre respondía lo mismo: “avui no és la meva festa”. Las Pilares, tal como Pilar Rahola recogía en su columna de ayer, han debido soportar IVA en la celebración de su onomástica. Ese valor añadido, en función de la época, ha ido variando su tipo impositivo, pero llámese imperio, raza o, simplemente, hispanidad, la fiesta nacional de España se ha forjado sobre una idea rígida y excluyente de todo lo que no responde a la ortodoxia nacionalcastellana. Incluso en Aragón, donde acaba de verse que las otras dos lenguas que hablan sus administrados, entre ellas la lengua aragonesa, no merecen ni tan sólo el reconocimiento institucional de la cooficialidad, no vaya a ser que las fuerzas del mal empiecen a perseguir al noble castellano por las valles pirenaicas. La hispanidad peninsular se nos revela como una ortodoxia cultural monolingüe incapaz de poner en cuestión el modelo de España-una, justo cuando su talentosa selección de fútbol ha demostrado la validez del “antes roja que rota”. Los pilares de esta España eviterna aún reposan en las gónadas del toro de Osborne, la rojigualda de la plaza de Colón y las banderas con pollo que hoy saldrán a la calle. ¿Les parece que exagero? Pues vayan al Google más cercano y tecleen: Símbolos de España. Ya verán qué cuatro imágenes les propone el buscador en portada, dos de las cuales con animales. Si a esta iconografía tan sandunguera le añaden, qué sé yo, el Real Madrid, los sobornables de la costa que emprenden el camino de Santiago a la mínima de cambio, los dubitativos miembros del Tribunal Constitucional, las asociaciones que se querellaron contra Pepe Rubianes y Albert Om o la RAE, cuya oscura labor ideológica se las trae, ya tienen un mapa bastante aproximado de la fiesta de hoy.

Cuando Fernando Verdasco y Feliciano López se sinceran al admitir que cualquier ciudad les parecería bien para acoger la final de la Copa Davis excepto Barcelona, responden a esta lógica castellanocéntrica. La paradoja del caso es que en Barcelona, que al final ha sido escogida como sede porque ofrecía las mejores condiciones técnicas, la mayoría de la gente del tenis profesa una españolidad inmaculada. De hecho, Rafa Nadal, manacorense de corazón blanco, es acogido en el Bernabeu con pancartas de “caballero español”. Pero ni por esas. Cada doce de octubre se produce una paradoja muy curiosa: los patriotas de la España eviterna salen a la calle soliviantados porque ven más cerca el desmembramiento de la unidad de destino que veneran y sus esfuerzos denodados por hacerse notar provocan el crecimiento sostenido de conciudadanos españoles que quieren dejar de serlo. En cierta medida, la fiesta de la Hispanidad es como una swine flu party, una fiesta organizada por los padres de un niño que padece la gripe A para todos sus amigos y conocidos que quieran infectarse y padecerla juntos, a la vez. Esta unidad de destino ha aparecido en los Estados Unidos en estos últimos meses. Los padres arguyen que así se organizan mejor para cuidar a los niños en casa y excluyen futuros contagios, pero los médicos lo desaconsejan. El doctor Walter White, de la universidad de Alabama, declaró este viernes que lo mejor es tomar distancia. Eso mismo pienso yo.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 12 d'octubre de 2009.

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