dimarts, 6 d’octubre de 2009

La nueva intimidad

Cuatro extraños en un tren compartimos compartimento. Uno de nosotros saca una baraja de cartas y ofrece echar unas manitas de algún juego que conozcamos los cuatro. Aceptamos ipso facto y nos ponemos a jugar. De repente, sucede algo que nos incomoda. Podría ser el inicio de un problema de lógica, pero me limitaré a desarrollar un poco más esta hipotética situación para intentar matizar la tesis que defendía el admirado Francesc Torralba en su artículo “¿Cuáles son los límites de la confidencialidad?” (3/X/2009), publicado en las páginas de Tendencias. Sostenía Torralba que los personajes públicos “tienen derecho a expresar pensamientos, ideas u opiniones, incluso políticamente incorrectas, a sus confidentes, sin que ello sea interceptado o vulnerado por alguien”. Lo hacía, claro, a raíz de la reciente publicación de dos fotos con sendos mensajes sms de Saura-Bosch (palabras clave: Público, tostón, rollo) y Sirera-Mejías (palabras clave: Avui, mierda, partido). Torralba considera que los sms y e-mails son nuevas modalidades de carta y alude a su necesaria confidencialidad. Volvamos al vagón de tren. Tras pactar unas reglas, los cuatro extraños empezamos a jugar. Desplegamos una mesita central y estamos sentados codo con codo, de dos en dos. Pronto me doy cuenta de que veo las cartas de mi vecino lateral sin necesidad de estirar el cuello. Carraspeo como queriendo indicárselo mientras inicio un lento movimiento de rotación hasta formar un ángulo de 45 grados con el respaldo de mi butaca. Mi vecino, ajeno a la maniobra, insiste en mantener sus cartas en mi campo de visión. En un ataque de honestidad, decido avisarle de la circunstancia. Uso un tono jovial para hacerlo, pero en vez de agradecérmelo, se enfurruña, sube las cartas a la altura de la cara y, con un movimiento brusco, pega la espalda a la ventanilla. Seguimos jugando hasta que me doy cuenta que, en la nueva posición, el cristal refleja las cartas que él cree esconder. Vuelvo a comunicárselo, sonriente, pero ahora se indigna y me acusa de tramposo. ¿Lo soy? La escena no termina de ningún modo, porque es inventada y no me da la gana terminarla, pero me sirve para matizar los límites de la confidencialidad. Si no están interesados en la conclusión, dejen este runrún ahora mismo y busquen aquella famosa novela ferroviaria en la que Patricia Highsmith explora lo que son capaces de hacer los extraños en un tren.

¿Aún están ahí? Pues a lo que íbamos: la confidencialidad no es una cuestión unilateral que dependa sólo de quien mira. Quien es mirado también tiene una parte de responsabilidad en conocer los límites de su exposición. Estoy de acuerdo con Torralba en que “la carta es, por definición, el género de la confidencialidad”, pero ¿qué me dicen de la tarjeta postal? ¿Alguien podría acusarnos de violar su correspondencia si leemos algo escrito en el dorso de una postal? ¿A qué se parece más un sms enviado entre políticos en sede parlamentaria: a una carta lacrada o a una tarjeta postal? No seré yo, que cuando hago fotos siempre corto cabezas, quien defienda el instinto cazador de los fotógrafos, pero nadie puede reprocharles que exploren todas las imágenes que les ofrece un entorno tan público como el Parlament. Otra cosa es el efecto sorpresa. ¿Por qué creen que los futbolistas ya se tapan la boca con la mano cuando, tras un partido, conversan con algún rival bajo los focos del campo de juego? ¿Es ilícito leer los labios de alguien que se sabe bajo las cámaras? Tal vez la nueva intimidad requerirá fundas para móvil con toldo cubrepantallas.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns 5 d'octubre de 2009.

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