Lecturas de riesgo

La promoción editorial ya parece un género literario. El objetivo es claro. Se trata de llamar la atención sobre un título determinado entre la miríada de libros disponibles. La magnitud del intento es tal que sobrepasa las habituales asociaciones entre agujas y pajares o gotas y oceános. Conseguir que una novedad literaria de calidad no pase sin pena ni gloria es una tarea titánica. De ahí que los editores, cuyo papel de intermediario seguirá siendo básico en la era digital, se apliquen a promocionar los títulos en los que creen. El método más habitual pasa por los fastos inherentes a los premios literarios y sus cenas de agasajo, sin descartar las expediciones a los escenarios exóticos de alguna novela. ¿Habrá tour organizado a Cabo Verde para entrevistar a la planetizada Ángeles Caso en la tierra natal de su protagonista? Permanezcan atentos a sus suplementos favoritos. A diferencia de la novela negra, la ciencia ficción o el ensayo político, el género literario de la promoción editorial tiene unos costos de producción que deben ser presupuestados. Volviendo de la Feria de Frankfurt muchos editores exhaustos debieron leer en el avión el sueldo que Laporta adjudica a su director general Joan Oliver. Dénme una mensualidad de ese salario, debieron pensar, y transformo una novela en un best-seller. Pues se equivocan. No basta con los poderes de don Dinero. Sin su concurso casi nada es posible, salvo esa modalidad sensual entre bocas y orejas, pero el dinero nada garantiza. Por eso es noticia que una novela como Olor de colònia de Sílvia Alcántara (Edicions de 1984) se encarame al número uno de las listas de ventas del Cultura/s con una inversión en promoción más bien discreta. Pero también lo es que las editoriales modestas apliquen estrategias creativas.

Es el caso de Edicions Bromera, con sede en Alzira, cuyo catálogo contiene obras de autores internacionales de primer orden como Pamuk, Rushdie o Banville. Ahora publica la traducción catalana de una de las sensaciones del momento en Nueva York: Beat the Reaper de Josh Bazell (Esquivant la mort en Bromera y Burlando a la Parca en Anagrama), un thriller médico-mafioso. Para promocionar la novela de Bazell, Bromera montó un concurso cuyo premio permitía “vivir algunas de las sensaciones que experimenta el protagonista de la novela, Peter Brown, cuando se ve forzado a sobrevivir en una piscina llena de tiburones”. Pues bueno, el sábado recibí una nota de prensa en la que comunican que Margarida Molinet Bret, vecina de Figueres, ha sido la “afortunada” ganadora del concurso, y que el premio consistirá en una inmersión en el Aquàrium de Barcelona para nadar entre sus bien nutridos (espero) escualos. Si la estrategia promocional de Bromera funciona, no quiero ni pensar hasta dónde podrían llegar otros editores. ¿Qué experiencia sería transportable a la realidad para que la pudiera vivir una lectora de la trilogía de Larsson? ¿Cuál será el primer libro promocionado mediante una visita especial al Hotel Krüger del Tibidabo? Me aplico el cuento a los dos últimos libros que acabo de leer para poder comentarlos este miércoles en la Lecturàlia de “El matí de Catalunya Ràdio”: Els Grope de Tom Sharpe (Columna/Anagrama) y El Gattopardo de Tomasi di Lampedusa (Proa). La mera idea de vivir alguna de las situaciones que describe Sharpe me pone los pelos de punta. En cambio, como catalán, la Sicilia de Lampedusa se me antoja muy familiar, sobre todo cuando leo, en la nueva traducción de Pau Vidal, aquello de “Si volem que tot quedi com és, cal que tot canviï. No sé si m’entens...”

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 19 d'octubre de 2009.

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