dijous, 22 d’octubre de 2009

Pérdida de referentes

Dentro de diez meses perderé uno de los faros de mi infancia. Lo anunció este fin de semana el conseller de Política Territorial Joaquim Nadal. Diez meses es el tiempo que queda para que la línea azul del metro barcelonés sea prolongada de la estación de Horta hasta la de Vall d’Hebron. Eso, que es sin duda una buena noticia aunque llegue un par de décadas tarde, implicará que en todos los carteles informativos de TMB, que no son pocos, Horta dejará de constar como uno de los extremos de la línea azul. Vivo y escribo en Horta, pero esa no es la cuestión. Lo cierto es que Horta debe ser la estación término más antigua (1969) que aguanta en el coloreado mapa ferroviario de la ciudad y alrededores. Cuando, a los once años, empecé a ser usuario independiente del metro, lo primero fue vencer el pánico a perderme en ese mundo subterráneo. De modo que, como tantos otros chavales, en 1974 me estudié a fondo los recorridos que me tocaban. Lo más importante de ese empeño era memorizar los dos extremos de cada línea que usara. En mi caso, la azul y la roja, que por aquel entonces aún lucían los números romanos V y I (hoy 5 y 1, no vaya a ser que las nuevas generaciones se equivoquen). En aquellos momentos, conocer el nombre de los extremos de cada línea era más que un seguro. Era la tranquilidad. Para un niño como yo, el metro pronto resultó mucho más acogedor que los autobuses. Sus códigos eran más fáciles de descifrar, sus horarios más regulares y sus paradas mucho más claras. En el mundo exterior nunca sabías si bajabas en el sitio correcto. Bajo tierra, todas las paradas tenían nombre y no hacía falta ni pedirlas, porque aquel tren paraba siempre, en todos los apeadoros. El único riesgo, por ejemplo tras un trasbordo, era errar en el sentido (aunque en los carteles siempre ponga dirección) y que te llevaran a la otra punta de la ciudad. Pero aún así, siempre cabía dar media vuelta.

El atlas que cartografiaba ese mundo subterráneo tenía cuatro finisterres de nombre refulgente. En la línea azul, Horta y Pubilla Casas. En la roja, Santa Eulàlia y Torras i Bages, con alguna incursión en la verde que acababa en Lesseps. Esas fueron, a mediados de los setenta, mis primeras coordenadas barcelonesas. Luego, murió el dictador, y con él algunas estaciones cambiaron de nombre. Qué sé yo, General Mola dejó paso a Verdaguer o Dos de Mayo a Hospital de Sant Pau. Nada que no sucediera también en la superficie, donde el callejero entraba en un ajetreo de aquí te espero. Pero un hecho diferencial distanciaba a ese mundo subterráneo del otro. Los dos crecían, pero el del metro siempre lo hacía por los extremos. Un buen día, desapareció de los carteles mi mitificada Pubilla Casas, sustituida por un santo, San Ildefonso, que sucumbiría años más tarde ante el empuje de la estación señera de la nueva Catalunya, Cornellà Centre, convertida ya para siempre en la última pareja de Horta en los carteles de la línea azul. En el bando rojo, curiosamente plagado de nombres santurrones, diría que Torras i Bages duró más que Santa Eulàlia. En todo caso, sólo recuerdo a mis finisterres rojos sustituidos por Santa Coloma en el sector Besòs y Feixa Llarga en el Llobregat. Los actuales límites de Fondo y Hospital de Bellvitge me suenan tan poco como Pep Ventura-Paral·lel (L2), que son las estaciones término de la línea más moderna hasta que inauguren la L9.

Total, que pienso pasarme los próximos diez meses fotografiando mapas de metro en los que Horta aún esté destacada, cual carteles de la Bella Dorita.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 22 d'octubre de 2009

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