Prejuicios paralelos

Los salpicados por escándalos de corrupción como los casos Millet, Palma Arena, Gürtel u otros tantos en el pasado, suelen quejarse de los juicios paralelos a los que, en su opinión, les someten algunos medios de comunicación. No les falta razón, pero resulta interesante observar cómo sus quejas son vehiculadas, justamente, a través de otros medios de comunicación, tal vez más afines a su sensibilidad. Y eso no hace sino reforzar la existencia del juicio paralelo que denuncian. Todo ello es posible, claro, por la conjunción de dos factores opuestos: la avidez informativa de los medios y la exasperante lentitud de la justicia, cuya imagen pública es ya un híbrido entre el low cost y el slow food. Los juicios paralelos son una modalidad mediática del cotilleo contable, y suelen acabar en linchamiento televisado. La única manera de evitarlos sería que la justicia ordinaria trabajara a un ritmo extraordinario, lo que parece más difícil que aquello del camello pasando por el ojo de una aguja. En un juicio paralelo que se precie, como mínimo desde O.J. Simpson, siempre hay un elemento circense que remueve, ensucia y da esplendor al asunto. Qué sé yo, algún testigo incontinente que empieza a hacer revelaciones inconvenientes sobre la vida privada de algún actor del escándalo, un ex chófer, una ex canguro, un ex socio, una vecina, un recepcionista de meublé... Personajes aparentemente menores que introduzcan una dosis palpable de cotidianidad para acompañar a los siempre fríos números rojos. O de irracionalidad manifiesta. Como detecto que los astrólogos no están por la labor en ninguno de los tres casos aludidos y ni tan solo el inquieto brujo anticristiano Pepe no ha dicho ni mu, me tomo la libertad de entrar en la cuestión desde una óptica verbívora.

El impulso obedece a la necesidad cada vez más acuciante de superar el chiste de los millets de 500 euros, que amenaza con ser una plaga inaguantable. Todos reímos la gracia de los vecinos que reescribieron la placa de la plaza ante el Palau de la Música como “Plaça de Fèlix Billet” (a pesar de la innecesaria evasión de la T de bitllet), pero el chascarrillo ya empieza a estar más sobado que pedir un carajillo de ron Pujol (y café Soley) como “un honorable” . El sábado, en la parada de carne del mercado, asistí a una escena que me lo corroboró. La carnicera, en tono de verdulera, le pidió a una jovencita pecosa que pretendía pagar una hamburguesa con un billete de 50 euros si no tendría “un millet més petit”. La chica ojeó el bolso y respondió, sin la más mínima retranca: “sí, tinc un millet de deu”. Di un respingo. Al principio creí que le seguía la broma. Pero no. Ese mismo día recibí un palíndromo milletista de un lector: “Millet té llim”. Me sorprendió que tan turbio personaje invirtiese el fango (el limo) en su mismo nombre. Convoqué un foro homónimo en la red y los hallazgos han sido notables. Ignasi Ripoll halló dos palíndromos más: “Té llima, Millet” (de lo que deducía que se escapará) y el más festivo “Ale, Palau a la pela!”. Otros muchos verbívoros han desmenuzado el caso letra a letra. Sólo destacaré un anagrama de “Orfeó Català”. Lo firma Eulàlia, tal vez una de las afectadas por la rapiña de Millet: “A fe, ataco l’or”. Y vaya si lo atacó. En cuanto a los otros dos casos, señalar que la inversión de Matas da Satam (satanás en inglés), tal como descubrió el bueno de Vila-Matas cuando el profesor Jordi Llovet le rebautizó leyendo del revés su inicial y apellidos: E. Vila-Matas, “Satam alive”. Acabo en Valencia, donde “fotre el camp, al Camps li costa, i al Costa li costa fotre el Camps”.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 20 d'octubre de 2009.

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