¿Serio, este cementerio?

Era una cuestión de tiempo que Facebook anunciara la creación de un cementerio virtual con “perfiles conmemorativos” de usuarios fallecidos. Este lunes Max Kelly, responsable de seguridad de Facebook, publicó en el blog corporativo un apunte titulado “Memories of friends departed endure on Facebook” en el que se describe, en un tono algo pastoso, la variante digital del algo-se-muere-en-el-alma-cuando-un-amigo-se-va. Cuando escribo este runrún ya penden de él más de 600 comentarios. Los hay de todo tipo, pero en general lo aprueban. A mi me parece absurdo y redundante. Absurdo porque un perfil inactivo es ya un perfil difunto y el de un fallecido permanecerá inactivo, igual como tantos sitios web que flotan en la red como icebergs por el Pacífico. Redundante porque son miles las páginas accesibles de empresas desaparecidas, eventos del pasado, blogs abandonados, fotologs nupciales de separados o páginas personales de difuntos. O sea, que una buena parte de internet es ya un cementerio antes de que estos señores quieran apuntarse un tanto. La operación funeraria de Facebook me parece descaradamente resultadista. Se trata de buscar más y más usuarios, vivos o muertos, para que la cifra de los 300 millones (como en tiempos de Amestoy) no decaiga. Además, no hay fiabilidad. Aseguran que pedirán pruebas, pero se limitan a las esquelas. ¿Creen que suministrar un enlace a una necrológica prueba la muerte de alguien? Tal como está la prensa digital, el festival de calaveras puede ser memorable. Hace más de veinte años Carles Molins publicó un cuento en el boletín de la Ajelc (Associació de joves escriptors en llengua catalana) que incluía, entre otras, mi esquela. Era una antología de narraciones de género negro y no sólo no me molestó sino que me gustó. Me sentí como Huckleberry Finn y Tom Sawyer asistiendo a su entierro. ¿Serviría esa esquela para ingresar en el cementerio de Facebook?

El anuncio tanatológico coincide con un fenómeno inquietante. Hace un par de semanas recibí un mensaje que decía: “Artur Mas s’ha fet admirador/a de CiU i t’ha suggerit que tu també te’n facis”. Caray, pensé, ¿quién iba a dudar la primera parte de la frase? Al poco, recibí otro: “Xavier Graset s’ha fet admirador/a de L’Oracle al Facebook i t’ha suggerit...”. L’Oracle es el programa diario que conduce Graset en Catalunya Ràdio. ¿Cómo no vas a ser fan de tu propio programa, si lo oyes cada día mientras lo haces? Luego, cantantes haciéndose admiradores de los grupos en los que tocan, editores que admiran las editoriales en las que trabajan... La lista es cada vez más larga y la redundancia cada vez más burda: “Patrimoni.gencat s’ha fet admirador/a de Patrimoni.gencat al Facebook i...”, “Moviment per la Pau s’ha fet admirador/a de Moviment per la Pau i...” En la lógica de las redes sociales estas obviedades no tienen nada de extraño. Los profesionales con muchos amigos en su perfil descubren que les conviene más tener una página con seguidores, pero suelen abrirla sin sospechar qué tipo de mensaje automático genera su iniciativa. Algo parecido le pasó a un alcalde de las comarcas de Girona cuando, al apuntarse a Facebook, introdujo obedientemente todos sus datos, incluyendo el nombre de su esposa. Al poco, un asesor le hizo ver que debería preservar un poco más su intimidad y él volvió a entrar en su perfil y borró la información conyugal. El sistema de Facebook, entonces, generó un mensaje automático que fue la comidilla del pueblo: “X ya no está casado con Y”.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 5 de novembre de 2009

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