"Le rouge et le noir"

Tendemos a mirar los calendarios como quien observa el paso del tiempo. Por eso, tantos cineastas han usado el manido recurso de filmar las hojas consecutivas de un calendario para así trasmitir el vértigo cronométrico. Una variante interesante usa portadas de diario, lo que permite añadir noticias argumentalmente relevantes. Pero todos los calendarios son meras convenciones, tal como se ha encargado de recordarnos el audaz conseller Ernest Maragall al proponer la reforma del sacrosanto calendario escolar. Un calendario no es otra cosa que una división sistematizada del tiempo con el propósito de organizar las actividades humanas. Por eso, a culturas distintas, calendarios diversos: que si maya, que si egipcio, chino, inca, azteca, juliano, gregoriano, musulmán... Algunos revolucionarios, en su afán por vivir al dorso de la tortilla, quisieron cambiar eso. Lo hicieron los franceses y también los soviéticos, que a partir de 1929 usaron una versión más racional del gregoriano, con meses de treinta días y cinco días sueltos, dedicados a motivos tan apasionantes como Lenin, el trabajo, la industria... El calendario soviético estuvo vigente 11 años. El francés duró 14: de 1792 a 1806. Hoy, en vez de andar rematando noviembre, estaríamos en pleno frimaire, o frimario (el mes de la escarcha), tras brumario y antes de nivoso. Aunque lo mejor estaría por venir, a partir de junio, con los meses de messidor (del latín messis, cosecha, toda una profecía futbolística) y thermidor. Nada de eso cuajó, como tampoco prosperó la propuesta racionalista de establecer un calendario fijo internacional de Auguste Comte, dividiendo el año en trece meses de cuatro semanas, es decir, de 28 días.

En cambio, el calendario laboral sí que ha ido cambiando. Para mi abuela Paula, obrera en la Pirelli de Vilanova hace un siglo, la llegada de la semana inglesa</CF> fue todo un acontecimiento. Significó descansar la tarde del sábado y todo el domingo. El fin, o el cap, de semana adquirió entidad en nuestro calendario mental, aunque el rojo quedara limitado a domingos y fiestas de guardar. Estos días, el semanario internacional Time Out, que tiene la audacia de editarse en catalán en Catalunya, lanza una campaña publicitaria para ampliar el fin de semana a tres días. La hallarán completa en capdesetmanade3dies.org. La idea es clara: 4 días de negro y 3 de rojo. ¿Quién se resistirá a un planteamiento así? Veo en la web que muchos creadores amigos, faranduleros como son, se han adherido a tan dicharachera campaña, y por un momento tengo la tentación de hacer lo propio. Pero algunos argumentos publicitarios me hacen recapacitar. Por ejemplo, la serie "cafè cafè cafè cafè gintònic dry mojito". ¿Por qué me voy a privar de cascarme un dry martini un miércoles o de tomar café en domingo (que es cuando escribo este artículo)? Y lo mismo me sucede con: "tupper (4) sushi barbacoa paella". El juego de antónimos en el que se basa la campaña emana del arquetipo de Dr. Jekyll & Mr. Hyde que proyecta la industria del ocio: el peaje cotidiano de una vida laboral que nos importa una mierda para alcanzar el paraíso finisemanal. Series como "guanyar (4) gastar" (3) o "Josep Maria (4) Pep (3)" hablan por sí solas. También las pronominales "ells (4) jo (3)" o "vostè vostè vostè tu tu tu". Pero la que me predispone definitivamente en contra es "dilluns dimarts dimecres dijous viernesete sabadete dominguete". ¿Dominguete? Sólo seguiré comprando Time Out si compruebo que mantienen la información sobre dónde tomarme un dry cualquier miércoles sin que me traten de usted.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 30 de novembre.

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma