Una parafilia confesable

En el amplio y variado catálogo de parafilias sexuales, hay dos que puedo confesar haber practicado, entre otras cosas porque he descubierto que tienen nombre: el retifismo y la altocalcifilia. Más la primera, definida como un fetichismo por los zapatos, que la segunda, cuya atracción por los tacones altos parece tener derivadas sadomasoquistas en las que, francamente, no me sentiría cómodo, aunque nunca se sabe. Ninguna de las dos figura en la lista oficial establecida por la psiquiatría, pero de haberlas, haylas. Leo, además, que para que el retifismo alcance la categoría de parafilia, debe ser recurrente durante un mínimo de seis meses. O sea, que es una mierdecilla de parafilia, pero no pienso avergonzarme por haberla practicado. Mis padres tuvieron una zapatería en la plaza Virrei Amat de Barcelona durante tres décadas. En ella crecí, trabajé y me enamoré perdidamente de los zapatos. De talón de aguja o manoletinas, como las de Espe cuando enmudece, botinas, botas o botos, sandalias de tirillas, con cuña o playeras, náuticos, salones, bailarinas, zapatillas blancas de novia con pompón de marabú, botas de montar, botas panty que subían vertiginosamente hasta muy por encima de la rodilla, calzado après-ski, vambas, chirucas... bueno, las chirucas no, esa sería la excepción con confirmaría la regla. En definitiva, que mi líbido empezó a oscilar mirando zapatos. También masculinos, admito, como los blucher fabricados en Inca o Llucmajor, con suela de cuero pegada y cosida, los comodísimos mocasines de ante, la línea Hush Puppies o las manresanas Pielsa en la estela de Lotusse o Sebago, con trabilla o borlas, de color burdeos o negras... Lo mío siempre fueron los zapatos de señora, pero no hubiera cambiado unos mocasines Mocoche por unos ortopédicos zapatos de señora Kurhapies de ancho especial.

Todas estas imágenes eróticas del pasado me han invadido como una marea verde al ver la campaña “Shoe aid for Africa” lanzada por la marca de cremas para el calzado Kiwi, en cooperación con Humana y con el futbolista camerunés (del Inter) Samuel Eto’o. En el año 2006, una campaña similar distribuyó 100.000 pares de zapatos entre la gente de África que lo necesitaba y ahora pretenden repetir la jugada. Para muchos africanos, los zapatos son un lujo inalcanzable, que puede impedir que los niños vayan a la escuela. La recogida ya se ha iniciado en grandes contenedores que permanecerán un mes en El Corte Inglés y que serán vaciados semanalmente por la gente de Humana. Luego, desde diciembre hasta abril de 2010, el calzado donado será distribuido en zonas rurales de Camerún, Kenia, Malawi, Mozambique y Sudáfrica. De las instrucciones con las que la organización acompaña la campaña destaca que el calzado donado puede ser usado pero debe estar limpio y en buen estado. Ay. Y también una instrucción muy particular: “no se aceptan ni zapatos de tacón ni botas de nieve”. Ay, ay. Teniendo en cuenta que no es la primera vez, el mero hecho de tener que aclararlo ya resulta muy ilustrativo. Visc/a Barcelona, es decir, vivo en una ciudad opulenta en la que, a la que llega el buen tiempo, la gente se descalza alegremente y se tira meses yendo en chanclas playeras por todas partes, como si el buen calzado fuese un símbolo de opresión. Como amante del calzado hasta la parafilia, animo a todos los chancletistas pudientes a vaciar su armario zapatero y enviar a África el buen calzado que atesoren para, así, poder seguir disfrutando de su patética libertad de andar por las calles de Barcelona con chanclas de goma.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 16 de novembre de 2009.

Comentaris

  1. A mi me fascina los zapatos de hombres guapos, ojalá sean de cuero, de vestir...!!!

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