El arte como coartada

Llevo un par de días escuchando, del derecho y del revés, el segundo disco de un grupo sensacional que tiene el atrevimiento de llamarse Els amics de les Arts y comportarse en consecuencia. Un año atrás, alguien me pasó el primero, que llevaba por título Castafiore Cabaret, porque contenía un par de canciones verbalmente muy juguetonas: “Déjà vu” (llena de galicismos) y “Exercici seixanta” (plagada de letras equis). Me lo zampé con la misma avidez con que ahora consumo el segundo. Era un debut muy prometedor. Me fascinó la conjunción de frescura musical y elaboración literaria. Aún diría más, fascinome la conjunción de frescura literaria y elaboración musical. Un año atrás, los Manel empezaban a romper la cáscara y, tras ellos, ya asomaban algunos valores que permitían especular que algo se movía en el panorama musical catalán, como el gran Pau Vallvé en sus dos reencarnaciones: u_mä o Estanislau Verdet. Pensé que Els amics de les Arts (EADLA) estaban en esa misma oleada de EGM (por Els Grups Musicals). Su segundo disco se titula Bed & Breakfast</CF> y es un surtido variado de repostería. Contiene un par de canciones con madera de hits, como el futbolístico “4-3-3” —cuyo estribillo “Oh le le, oh la la, un shawarma amb tu és el millor que hi ha” pronto estará en boca de muchos— o una canción tremenda en la que un pobre chico apela a un póster de Godard para intentar darse impulso hacia una chica: “Ai, Jean-Luc, ai Jean-Luc, vull entendre-ho però no puc”... En general, las canciones de EADLA son muy narrativas, con ritmos reposados e hipnóticos. En algún caso, como en el cuento de “Bed & Breakfast”, cercanos a la canción de teatro musical. Sus referentes son sorprendentemente intergeneracionales, con lo que el público que conquisten bien pudiera ser tan amplio como el que ya han conquistado los Manel. En “La merda se’ns menja” parten de los problemas de la generación mileurista y abren el foco para pillar todo el vagón de metro. “L’home que treballa fent de gos a les festes infantils” podría tener su edad, pero también la mía. Y la pareja que se separa en la gélida y preciosa “Reikjavik” casi podría ser la misma que protagonizara una novela de los sesenta como Les choses de Perec: “Jo em quedo les pel·lis d’en Kurosawa i tu els discos de Lou Reed...”

Sin querer, mientras escuchaba a Els Amics de les Arts con placer y atención, he vuelto la vista hacia los estantes donde reposan algunos de los libros que leía cuando tenía su edad. De repente, he visto el lomo de La literatura como lujo, de Bataille y entonces, por una asociación que no sería capaz de valorar, me ha venido a la cabeza la imagen de Doris Malfeito declarando ante el juez Garzón “es que yo soy artista” para justificar no saber nada de los presuntos tejemanejes económicos de su marido, el ex conseller Macià Alavedra. Ni de las menguantes cotizaciones de sus cuadros, cabe suponer. Para reforzar esta idea artística tan romántica de “no ser d’eixe món”, Malfeito incluso introdujo en el debate jurídico el apasionante tema del horóscopo, cual Aramis Fuster del arte contemporáneo. Caray. El arte como coartada es una posibilidad estética, pero ¿para no darse cuenta de nada de lo que te rodea? Mal hecho, Malfeito. Los artistas más interesantes fundamentan su arte en la percepción, y eso no impide que tengan una riquísima vida interior. Estos chicos de EADLA no sólo se dan cuenta de cuanto les rodea sino que son capaces de transformarlo en canciones que reflejan su visión de ello: “Ai, Jean-Luc, ai Jean-Luc, vull entendre-ho però no puc”...


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 17 de desembre de 2009.

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