dimarts, 8 de desembre de 2009

El código Messi

Anteayer, Leo Messi le clavó dos golazos al Depor y ayer recibió el Balón de Oro en París. La felicidad por su consagración es colectiva, y no sólo porque el fútbol es un juego de equipo, sino porque refleja un trabajo colectivo que va más allá del rectángulo de juego. El oro de Messi es de todos sus compañeros, pero también de la revolución que se inició hace décadas con la toma de la Masia, cual Bastilla. Basta analizar la procedencia de la mayoría de estrellas del Barça para darse cuenta de que el caso de Leo Messi no es aislado aunque ayer en París fueran sus manos las que alzaran el balón áureo. Fue un instante de éxtasis antes de viajar a Ucrania para proseguir con la locura del calendario. Un instante que cada cual puede celebrar como guste. A mí me dio por aplicarme a la práctica cabalística y explorar los secretos verbívoros del gran Leo, cuyo nombre ya predispone a la admiración. No en vano las letras de Leo, debidamente recombinadas, forman el anagrama “olé”, ante cuya contundencia no haría falta decir nada más. Claro que Maradona, en su línea de embrollo perpetuo, le llama Lío, cuyos dos únicos anagramas interesantes son tan suntuosos como untuosos: “oli” (aceite) y “oil” (petróleo). Tal como la prensa deportiva argentina se ha encargado de reparar, Leo ya es más catalán que rosarino, de modo que su nombre completo sólo admite anagramas significativos en lengua catalana: Lionel da un obvio “lleoní” (leonino) y Messi un ajustadísimo “sisme” (seísmo, terremoto).

Pero el secreto más revolucionario del caso Messi no se desveló hasta ayer en París y tiene la enjundia necesaria para transformarse en novela de masas. Doy por hecho que Dan Brown tiene contratado a algún enigmista. No podría probarlo ante un tribunal, pero todas sus obras contienen mecanismos que desprenden el márchamo de un profesional de la enigmística: los ambigramas de Ángeles y demonios, el criptograma de Sofía en El código da Vinci, la pirámide masónica presidida por Laus Deo en El símbolo secreto... Si Brown decidiera escribir sobre los misterios del fútbol, su asesor enigmista repararía sin duda en la fascinante relación que une cuatro elementos: a) París, sede de la revista francesa que concede el galardón; b) el italoargentino apellido de Messi; c) el oro de la pelota que ayer alzó; y d) el número 10 que luce. La deslumbrante solución al enigma leonino del rey Messi pasa por la revolución francesa, cuya voluntad de cambiar las cosas les llevó a redefinir los meses del año como doce unidades de treinta días cada uno: Vendémiaire, Brumaire, Frimaire, Nivôse, Pluviôse, Ventôse, Germinal, Floréal, Prairial, Messidor, Thermidor y Fructidor. Su cosmopolitismo de salón, tan cacareado por los actuales defensores del jacobinismo, les llevó a describir el paso del tiempo según la temporada de sus campos, sin tener en cuenta que su revolución pudiera triunfar en otras latitudes. Tal vez por eso, sólo duró de 1792 a 1806. En todo caso, el décimo mes del calendario republicano francés, el número 10, se llamó Messidor por el color dorado que toman las mieses en los meses de junio (la falç al puny) y julio. Messidor, un nombre que aúna a) París, b) el Balón de Oro, c) Messi y d) el número 10. Con estos mimbres, el mesiánico enigmista de Dan Brown monta El código Messi en un periquete (sic). Teniendo en cuenta que, este año la Liga acaba el 16 de mayo, la final de Champions se juega el 22 de mayo y la de la Copa del Rey el 26 de mayo, el próximo junio podría ser el momento ideal para reinstaurar el calendario republicano y declararlo “Messidor”.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 7 de desembre de 2009

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