Garbo, Marco e hijos

Una de las paradojas clásicas más divulgadas es la del mentiroso. Entre sus múltiples variantes, suele atribuirse la afirmación “todos los cretenses son unos mentirosos” en boca del cretense Epiménides. En realidad, un análisis minucioso del enunciado invalida la paradoja. Si suponemos que la afirmación es cierta, Epiménides estaría mintiendo (como cualquier cretense) y su afirmación sería falsa. Pero si consideramos falsa la afirmación “todos los cretenses mienten” es que hay como mínimo un cretense, no necesariamente Epiménides, que dice la verdad y ya no estamos ante una auténtica paradoja, porque entonces sí que puede ser falsa, tal como ya habíamos supuesto. Para que la paradoja del mentiroso caiga en la autocontradicción deberemos formularla de un modo más directo. Por ejemplo, poniéndonos ante el espejo y pronunciando lentamente: “Yo miento”. Si lo que acabamos de decir es verdadero, resultará ser también falso. Por el contrario, si de veras mentimos al decir que mentimos, diremos la verdad. Según parece, la versión más antigua de esta paradoja sin fisuras la formuló Eubulides de Mileto al preguntar: “Un hombre afirma que miente. ¿Lo que dice es verdadero o falso?”. La relación de Eubulides y de Epiménides con Catalunya pasa, estos días, por las pantallas de cine, en una paradoja que, sin duda, alguien podría tener la tentación de formular así: “todos los catalanes son unos mentirosos”.

No me refiero ni a nuestros ínclitos exhibidores de cine, partidarios del apartheid de las películas en catalán, ni a los resultados de las consultas sobre la independencia de Catalunya, que cada día despiertan más interpretaciones creativas, sino a dos nombres de morfología tan similar como Garbo y Marco, que estos días protagonizan dos documentales de gran interés: Garbo el espía de Edmon Roc y Ich bin Enric Marco de Santiago Fillol y Lucas Vermal. Son las historias de dos embusteros excepcionales. Enric Marco fue presidente de la Amical Mathausen y se pasó años impartiendo charlas sobre su experiencia como convicto en el campo de concentración nazi de Flossenbürg. Incluso publicó un relato autobiográfico detalladísimo en 1978, titulado Memorias del infierno, que tres décadas más tarde resultó ser una obra de ficción. En mayo de 2005 el historiador Benito Bermejo documentó la impostura de Marco, que había sido detenido por la Gestapo, pero que jamás pasó por los episodios que describía. Los embustes de Garbo fueron mucho más influyentes. Joan Pujol Garcia, alias Garbo, fue un espía determinante en el éxito del desembarco de Normandía y, por extensión, en la victoria aliada en la guerra contra el nazismo. Garbo, condecorado por ambos bandos, engañó a los nazis tras inventarse la red de espías ficticios Arabel, que llegó a reunir 27 subagentes nacidos de su imaginación y financiados por el Tercer Reich. Para alimentar sus embustes, Garbo tuvo que establecer sus 27 biografías y escribir centenares de presuntos informes en un volumen solo comparable a la obra completa de Josep Pla. Aún no he podido ver Ich bin Enric Marco, pero Garbo el espía es un documental excepcional, que parte de la idea del espía como gran actor para ilustrar sus correrías con imágenes de películas ambientadas en la segunda Guerra Mundial. Marco llega a reivindicar el hecho de no haber mentido a pesar de sus embustes. A Garbo llegamos a verle, con cara de póquer, décadas después de su presunta muerte en Angola. Busquemos un espejo y digamos a coro: “todos somos hijos de Garbo y de Marco”.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 15 de desembre de 2009.

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