dijous, 10 de desembre de 2009

Jopenhague y Carcelona

Cuando empiezo a escribir este artículo la campaña publicitaria de la inexistente ciudad de Hopenhaguen ya tiene 1.701.548 ciudadanos. No está mal. Claro que para ser ciudadano de este ciudad de la esperanza (hope) parónima de Copenhague basta con inscribirse en la web de la cumbre medioambiental que se celebra en la capital danesa del 7 al 18 de diciembre. Leo en la crónica que ayer firmaba Andy Robinson que el centro de la ciudad está plagado de vallas publicitarias de las marcas patrocinadoras (Siemens, Panasonic, Nokia) afines al eslógan general: Coca Cola anunciándose como “A bottle of hope”, por ejemplo. El feliz hallazgo del cambio de la C por una H todo lo tiñe. La web de Hopenhaguen muestra un mapamundi verde del que emergen (el mejor verbo que se me ocurre para definir la irrupción de un pop-up) mensajes esperanzadores de ciudadanos del mundo. De la península ibérica, ay, sale uno de un tal Gijs S (Spain) que reza, en Spanglish constitucional: “Que reconozcamos que somos naturaleza gives me hope”. La mayoría de mensajes, aunque no sean en inglés, terminan con esta coletilla. Lástima que la web de la esperanza no tenga música, porque el "Gimme Hope Jo'anna" de Eddy Grant le hubiera venido al pelo. Pero no todo es posible, ni tan sólo en el lujoso mundo de la publicidad. Ya me imagino la desilusión debió embargar a los creativos de Ogilvy Global Network cuando leyeron en Wikipedia que el gran Bob Hope, siempre dispuesto a trabajar por una buena causa, está muerto desde 2003. El periodista científico Xavier Duran me dice que Copenhague ya fue la sede del primer festival que compensava las emisiones de carbono y que, ya entonces, le llamaron CO2Openhaguen. O sea, que los de Ogilvy ya sabían por dónde atacar. Lo demuestra que uno de los eslóganes que circula estos días es que reducir las emisiones de dióxido de carbono es muy CO2OL, algo así como guay. No todos comparten el logo de la esperanza. Como era de esperar, hay una cumbre alternativa llamada Klima Forum que observa con escepticismo tanta dosis masiva de hesperanza, con hache de . Por su parte Greenpeace, ahora que las grandes corporaciones se apropian del color verde, ha optado por el envejecimiento digital de diversos líderes mundiales, en unas fotos muy difundidas en las que Zapatero u Obama pintan canas.

Cabe reconocer que ambas distorsiones funcionan como estrategia de marketing. El envejecedor de Photoshop hace milagros, pero la paronomasia también. En Salt ya hace años que funciona la sala de conciertos la Mirona (parónimo de Girona). Barcelona se ha ganado a pulso el epíteto de Carcelona por los precios de sus viviendas. Coincidiendo con la campaña de Hopenhaguen, lanzo un foro en la red pidiendo parónimos de topónimos y los resultados son notables. Destacan los de Catalunya y España. En pleno auge del caganer navideño, con un Millet estelar, viviríamos en Cacalunya, de complicada relación financiera con Escanya. También València mutaría en Malència si los asuntos públicos siguen revueltos y los últimos escándalos en la política mallorquina desaconsejarían el uso de un apacible Calma de Mallorca para publicitar la capital balear. Pero el mejor parónimo que he recibido hasta ahora es el que propone Ignasi Ripoll desde Amposta, porque refleja la sensación que tienen muchos catalanes del sur, de las Terres del Rebre. Cuando termino de escribir este artículo la campaña publicitaria de la inexistente ciudad de Hopenhaguen ya tiene 1.701.709 ciudadanos.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 10 de desembre de 2009

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