dimarts, 8 de desembre de 2009

Para Imma, Conxa y Ció

Mi amiga Imma se separó hace cinco años del padre de su hija. Al poco, se puso a vivir con una compañera de trabajo, con quien comparte sexo y maternidad. De la vida sexual de mi amiga Conxa nada sé, pero me consta que ha tenido novios diversos, algunos deliberadamente compartidos, y yo diría que le siguen gustando los hombres que huyen despavoridos en cuanto olisquean la más mínima presión procreadora por parte de una mujer. Ció es un sol radiante. Ya debió alegrar las vidas de sus padres con su garbo indescriptible, lideró todas las pandillas de las que formó parte y sigue siendo alguien muy especial. Posee una de aquellas personalidades que arrasan cuando van acompañadas de una inteligencia notable y un cuerpo sobresaliente, o viceversa. Tras años de gozosa promiscuidad, se enamoró de un maromo, se concentró en una sexualidad menos variada aunque seguramente no menos intensa y ya va por el cuarto embarazo. Mis tres amigas celebran su onomástica hoy, día de la Inmaculada Concepción, dogma católico que siempre me resultó incomprensible, como todos los dogmas que se precien. Hace unos años disputó con ardor su naturaleza festiva con el dogma laico de la Constitución, acabando la disputa en tablas, en este extraño puente prenavideño que hemos dado en llamar la Purísima Constitución. A mis tres amigas quiero felicitar efusivamente desde estas líneas, aunque el motivo real de este artículo vaya más allá de su onomástica.

En realidad, hoy sólo lo escribo para recordar, en plena jornada festiva, el motivo fundamental que nos mantiene alejados de las obligaciones laborales. Porque lo que enrojece el día de hoy en el calendario debería hacer enrojecer a más de uno. El dogma de la Inmaculada Concepción es un artículo de fe vigente desde hace (sólo) 155 años. Concretamente, desde el 8 de diciembre de 1854. Ese día Pío IX lo estableció en la bula Ineffabilis Deus: “Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”. Es decir, que María no sólo llegó virgen al matrimonio y salió ídem de la maternidad, sino que sus padres Joaquín y Ana ya la concibieron así.

Yo no sé hasta qué punto pueden afectar a mis amigas Imma, Conxa i Ció las “penas establecidas por el derecho”, pero sus opiniones sobre el dogma fundacional de su propia onomástica resultan devastadoras. Las tres creen que la concepción nunca puede ser inmaculada. Las tres reivindican sus máculas, sus momentos de goce y su capacidad para dar y recibir placer. Y, sobre todo, las tres consideran que la presunta pureza de la Inmaculada Concepción es un pretexto ideal para culpabilizar a todas las mujeres del mundo por no ser tan puras como debieran. Los dirigentes de la Iglesia Católica deberían practicar (más) sexo.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 8 de desembre de 2009.

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