dijous, 24 de desembre de 2009

¿Quiere usted posjubilarse?

La brillante victoria de la selección nacional catalana contra Argentina contaba con diversos elementos noticiables, empezando por la persistencia de la convocatoria anual. Fue notable que algunos jugadores hubiesen aterrizado a las cinco de la madrugada y, sin embargo, quisieran volver a jugar a las 24 horas de hacerlo en Kuwait, como en el caso del doble goleador Bojan. También lo fue el retorno de (uh-uh) Oleguer al Camp Nou, la ausencia final de Messi o el semicamuflaje del sancionado (por chupóptero) Maradona. Pero, por encima de todos estos detalles, la imagen más destacada por los medios de comunicación que retransmitieron el partido a cincuenta países fue la vuelta de Johan Cruyff al banquillo. Cruyff, aparte de salir triunfador del envite, estuvo tranquilamente sentado durante casi todo el partido junto a su segundo, Òscar Garcia. Nada que ver con Guardiola. Pero su vuelta a la actividad tras trece años de paréntesis, aunque sea en un puesto de trabajo con unos horarios tan flexibles, da visibilidad a un fenómeno que amenaza con imponerse en los próximos años, a poco que la economía se reactive y desaparezca la crisis. Cruyff podría encarnar al personaje del prejubilado que vuelve al trabajo, al que tal vez podríamos denominar posjubilado. En el mundo del deporte siempre ha habido retornos sonados. Sin ir más lejos, Lance Armstrong protagonizó uno la temporada pasada y Michael Schumacher acaba de anunciar que protagonizará otro en el próximo Campeonato Mundial de Fórmula I, por no mentar a Michael Jordan o Bjorn Borg. El caso de Cruyff es un poco distinto, porque el mercado de los entrenadores es más discontínuo, pero no por eso menos inesperado. En todo caso, para hallar un ejemplo indiscutible del fenómeno de la posjubilación, nos basta mirar TVE. En noviembre, el octogenario Alberto Oliart fue nombrado nuevo presidente de la corporación de RTVE tras años de retiro. Su edad (81) generó todo tipo de comentarios, básicamente porque contrasta de un modo obsceno con el plan de prejubilaciones de la misma empresa, que ha retirado de circulación a muchos profesionales de 55 años.

En los setenta, cuando la crisis del petróleo remitió, las pequeñas (y medianas) empresas se llenaron de jubilados en buen estado de conservación que arrimaban el hombro por cuatro chavos. Eran tiempos pre Iva, en los que la economía sumergida aparecía por doquier hasta transformar el mercado laboral en una verdadera Atlántida. El pequeño comercio se nutría de dependientas no sindicadas, los lotes de Navidad los repartían señores que en otro tiempo fueron taxistas e incluso algunos habituales de la Llar de Jubilats Sant Jordi se lanzaban al pluriempleo con una alegría contagiosa. En este contexto, los billetes se teñían de negro con facilidad y muchos jubilados complementaban su pensión con fajos de billetes ganados a destajo. En plena era digital, los ERE (expedientes de regulación de empleo) abundan y las prejubilaciones de cincuentones están al orden del día. Si tenemos en cuenta que la esperanza de vida es, en nuestro entorno europeo, superior a los 80 años, cabe esperar que un buen número de estos prejubilados forzosos de 55 sean requeridos por el mercado laboral en los próximos 25 años. Sin llegar al extremo de Oliart, conozco a unas cuantas cincuentonas prejubiladas que no desmerecerían en ningún puesto de su especialidad (u otra). Me juego un guisante a que recibirán alguna oferta de trabajo en el próximo cuarto de siglo. Y que, en un momento dado, se posjubilarán.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 24 de desembre de 2009.

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