Ya somos e-lectores

El libro electrónico centra los debates del mundo editorial desde hace años, pero hasta la fecha las opiniones de los implicados en el negocio andaban teñidas de un escepticismo de casino, aquel que se expresa, carajillo en mano, chasqueando la lengua y mascullando pots comptar! Ahora, en cambio, parece como si algunos editores hubieran sometido su cerebro a un acelerador de partículas. Llega la Navidad y con ella la inminencia del nacimiento. Entre villancicos y jingles diversos, los altavoces de los centros comerciales amenazan con un “¡Vamos todos a belén porque ha nacido el libro electrónico!” Lo malo de la industria editorial es que suele ir a remolque; en este caso, funciona la analogía con “el regalo tecnológico de la temporada”. Lo bueno es que la industria editorial es la que cuenta con una mayor riqueza de contenidos. Aunque eso sólo sea por secular veteranía, el bosque textual es (aún hoy) mucho más frondoso y fértil que otros bosques de imágenes y sonidos. Sea como sea, el dispositivo electrónico de lectura —llámese e-reader, leqtor, kindle o no-t’hi-fixis— ha llegado para quedarse, crecer, evolucionar, envejecer y mutar. Aún queda mucho por mejorar, pero ya estamos ante aparatos homologables que cubren los mínimos exigibles para su consumo masivo. Aceptemos, pues, que esta Navidad los fabricantes de dispositivos electrónicos de lectura van a hacer negocio. Esperemos las tres semanas de rigor y analicemos luego las cifras de dispositivos que andarán diseminados por ahí antes de la campaña de sant Jordi 2010. ¿Qué va a cambiar?

De entrada, que mucha gente que lee, como mucho, cuatro libros enteros al año tendrá ahora un dispositivo lector. Conozco a unos cuantos, de este perfil. ¿Cambiarán sus hábitos? Veremos. Pero lo importante es que muchos lectores contumaces seremos, también, e-lectores. De hecho, ya lo éramos desde que empezamos a ser usuarios diarios de la red, pero pongamos que no leíamos libros (enteros, porque algún fragmento sí caía) y ahora estamos en disposición de hacerlo. ¿Dejaremos de leer libros en papel? No de un modo inminente, aunque cambiaremos algunos hábitos. Estoy harto de moverme por ahí cargando una mochila pesadísima. Hoy mismo, cuando acabe este artículo, me iré a tramitar el carnet internacional de conducir y ya he seleccionado tres libros distintos para matar la espera, que preveo larguísima, aislado del ruido circundante por la mejor banda sonora que encuentre entre el fondo musical que llevo en el ipod. Mi espalda está deseando que pueda cargar estas posibilidades de lectura en mi leqtor, de modo que preveo adaptarme pronto a la nueva situación. Hoy por hoy, no está disponible ninguno de los tres libros que trajino: Lenz de Georg Büchner, Por su propio cuento de John Lennon y La vida del reverend Basili Fiveiski de Leonid Andréiev. Pero seguro que pronto lo estarán. Se dice que el libro electrónico es más barato y que eso evitará el pirateo. Lo dudo. Los precios que veo (18 en vez de 22 en papel) no creo que desincentiven al futuro delincuente e-lectoral. Se habla, también, de la convivencia entre los dos soportes. En eso sí estoy de acuerdo. Pero por eso mismo, y como medida de protección para intermediarios tan valiosos como el librero, pediría que cada vez que comprase un libro en papel me pudiese descargar, por el mismo precio, la versión electrónica. Y viceversa, pagando la diferencia. Yo regalo muchos libros una vez leídos, pero pagaría por poseer una buena edición de algunos que en otro tiempo leí.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 22 de desembre de 2009.

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